El Atrio
Espacio periodístico y de opinión.
Periodista de profesión y convicción.
martes, 6 de mayo de 2025
La risa puede salvar tu vida
En las carreras contra el tiempo, ansiedad, depresión, estrés y enfermedad, existe una fórmula mágica, gratuita, efectiva y rápida para sobrellevarlo: la risa!!!
El propio Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, explicó que la risa equivale a una descarga emocional que permite al cuerpo eliminar una excitación reprimida o superflua, que puede traducirse grave y fácilmente en malestar y enfermedad. Sostuvo que la risa permite liberar energía síquica acumulada, producto de la represión de deseos, pensamientos y emociones y actúa como una vía de escape que libera tensiones y desarrolla una forma sofisticada de resistencia emocional.
Está demostrado científicamente que la risa puede reducir la presión arterial, mejorar el sistema nervioso y disminuir el estrés. Su poder sanador es indiscutible al reducir el Cortisol, la hormona del estrés y liberar endorfinas y dopamina, vehículos de la calma y el placer. Reír impacta desde nuestro sistema digestivo- a donde llegan las descargas emocionales-, hasta el cardiovascular y el inmune, motor y defensa de nuestro cuerpo.
Desde niña advertí el valor de la risa en mi vida: La encontré en mis tíos paternos, todos haciendo gala del buen humor, con una chispa muy particular, haciendo de un apunte, una anécdota o una historia incluso fuerte, dándole un giro muy particular, el momento más grato y divertido en familia. A través de su humor, nos conectábamos todos, riéndonos hasta del tema más doloroso o incierto, en un acto de resistencia ante la contradicción y la misma adversidad.
Con el paso de los años he confirmado que la risa literalmente me ha salvado la vida y no hay nada más grato que coincidir con personas o espacios donde el humor te acompañe, hasta los simpáticos “memes” de las redes sociales que hacen mofa de las noticias o una aguda y soterrada crítica de los temas más densos, desafiando poderes, tomando distancias y riéndose de múltiples situaciones absurdas o dolorosas de nuestra realidad diaria, incluso aquellas que se hacen insostenibles o trascienden nuestra capacidad de comprensión o intervención.
Admiro a quienes ayudan a otros a explorar esa capacidad natural que tenemos todos de reír sin límites, para oxigenar la vida y hacerla más placentera. La risa ilumina tu estado de ánimo, tu vida, la de tus compañeros de trabajo, familia y amigos, nos despega mágicamente de la rutina diaria, cualquier preocupación que nos agobia, sacándonos por completo de un escenario por negativo que sea.
La risa constituye una enorme terapia sanadora. Reír nos permite estacionarnos en el hoy, soltar aquello que duele, preocupa o nos ocupa, desbloquea tensiones e incluso traumas, nos genera una sensación gratísima de liviandad y libertad, nos libera del dolor y la angustia, aportando una sensación de bienestar única. Reír a carcajadas es contagioso. Por eso, sin importar lo que otros piensen, permítete reír a carcajadas de ti y la vida misma, por tu salud mental, emocional y un mejor vivir del hoy.
Floresciendo la vida
“En el jardín hay pájaros, gatos. Pero, también, en una ocasión, una ardilla, un hurón. En un jardín no se está solo” Marguerite Duras
Está de moda regalar plantas, desde las populares suculentas hasta las hermosas orquídeas. Cuando una planta llega a tu mundo te ofrece la oportunidad de repasar los retos de la vida. Puedes “morir en el intento” o volverte fanático de ellas.
La jardinería siempre estuvo en mi círculo familiar: Mi madre y mi abuela, siempre atareadas sacaban el tiempo para sembrar, podar, limpiar, abonar y organizar sus plantas favoritas en el jardín de la casa, siempre diverso y florecido. Entonces les oía decir sin comprender, de quienes “tenían buena mano” y lograban que las maticas avanzaran bellamente o de quienes tenían “energía pesada que las dañaba”.
Con el paso del tiempo descubrí el sentido de estas expresiones y el aprendizaje valioso de apostarle a tener un jardín. La pandemia del Covid fue mi mayor cómplice para descubrirlo, gracias a la obligada estadía en casa que nos devolvió la mirada hacia los espacios más íntimos, el valor del autocuidado y la conciencia ambiental. Mi amor por las plantas creció, logré un mayor tiempo y espacio para organizarlas en la terraza y al interior de la casa, incluyendo algunas de huerta; enfrenté los miedos y aprendizajes de su cuidado, coseché tomates, arvejas, cilantro y albahaca en medio de flores multicolores, haciendo de esta una deliciosa terapia, advirtiendo luego que en el vecindario como en muchos lugares del mundo, nacieron nuevos jardines que florecieron hogares y aportaron un valor agregado a sus vidas y familias.
En este tránsito conecté mi pasión por la jardinería con mi propia salud y los efectos de placebo y de sanación. Después empecé a relacionar mi experiencia con el estudio de temas también de moda como la bio descodificación y las constelaciones familiares, en ese volver a nuestras raíces, a conectar con la tierra, con nuestros orígenes y el ciclo mismo de vida.
Cultivando mi jardín comprendí por ejemplo, que cuando mi madre salió a vivir a la ciudad, construyó su pequeño refugio siempre florecido de orquídeas, recreando en este pedacito de tierra en la urbe la memoria de sus orígenes y un espacio de conexión espiritual que disfrutó hasta morir y nos legó gratamente.
Como le digo hoy a las amigas que preguntan o no se animan a cuidar plantas o tener un jardín: La relación con ellas es algo muy personal y particular que te da una perspectiva de la vida. Empiezas con una pequeña planta que te regalaron o compraste en el vivero para decorar la casa y si no sabes cómo cuidarla, te ves obligada a indagar y seguir de cerca su ciclo de vida y acoplarla al entorno inmediato. Aprendes entonces a observar su naturaleza, su ritmo y tiempos, como los ciclos de nuestra vida misma, creciendo, enfermando, floreciendo, dando fruto, muriendo o renaciendo en una experiencia valiosa.
Desde la perspectiva científica, cuando cuidas las plantas activas tu sistema nervioso parasimpático, que permite la calma y la restauración física, porque te ayuda a reducir la ansiedad, la depresión y el estrés, logrando una sensación de paz y bienestar. En el jardín pierdes la noción del tiempo, te conectas de una manera especial con la naturaleza sin necesidad de hablar, en un diálogo espiritual de preguntas y retos, cultivando la paciencia y la resiliencia.
Cada planta que se siembra o nace, aún en medio de una agitada calle es una ilusión que nace como una apuesta nueva de vida que quiere florecer, crecer, perdurar y requiere algo más que agua y sol para desarrollarse. Cultivar el jardín, donde nunca estás solo porque suelen visitarte pájaros, mariposas, colibrís y gusanos, aprendes a conectar con tus propios ciclos de vida, el valor de abonar y podar para un mejor vivir.
Ismenia Ardila Díaz
miércoles, 8 de febrero de 2023
A propósito del día del periodista en el Cauca
Con absoluto respeto planteo mi opinión, asumiendo que esta fecha debe ir más allá de las celebraciones y las frases de cajón de los mensajes de felicitación, exaltando la responsabilidad y labor del periodista. El tradicional Día del Periodista es un pretexto para hablar de la libertad de expresión, pensar el oficio y el derecho- deber de informar, opinar e influenciar sobre la gente; el gran compromiso que representa “poner en valor” un hecho, una circunstancia, una realidad, a la luz del día a día en busca de una verdad.
En tiempos de sobre información en las diferentes plataformas tecnológicas y redes sociales, es necesario pensar sobre cuál es el reto, la responsabilidad más allá de los egos de influencer que sirven de espejo público, rayando incluso los linderos de la ética y la moral.
El periodismo “guerrero” del Cauca
El periodismo en el departamento del Cauca, donde he ejercido esta profesión por 30 años, sigue siendo un periodismo local, inmediatista, de corte comunitario, por las circunstancias del entorno, centrado en una realidad permeada por toda clase de precariedades. El “guerrero” reportero se debate entre sus propias estrecheses y limitaciones, como las del medio, haciendo en muchos casos de su mensaje su propia “empresa”. No tenemos medios fuertes que soporten grandes infraestructuras para el ejercicio de la reportería y por eso, ante grandes hechos en la región, por ejemplo, los amplios despliegues se hacen por cuenta de los grandes medios. He visto pasar varios premios nacionales de periodismo con historias de la región, producidas desde otras latitudes, mientras los reporteros locales tuvieron que conformarse con un cubrimiento mediocre desde el escritorio o la cabina, a punta de teléfono y fuentes cercanas. Así las cosas, no es suficiente con las ganas y el entusiasmo para rastrear y procesar los hechos cotidianos, máxime en un entorno violento, desigual, complejo y de movilización social permanente. Los periodistas del Cauca, muchos hechos en el oficio se mueven al vaivén de la complejidad actual, inmersos en el laberinto de su “cuarto poder”, que en muchos casos termina patentándose al mejor postor. Además, aquí también tenemos la página de osados, comprometidos y valientes reporteros con una cuota luctuosa, de migración y disidencia hacia otros escenarios, cuando las circunstancias de la labor, la pregunta o la palabra contraria se hacen insostenibles.
En el Cauca ha crecido y se han fortalecido, no como esperaríamos, el periodismo institucional, en contravía de los propios medios locales, que si bien tienen mayores herramientas tecnológicas, cada vez producen menos contenidos propios, consumen y reproducen buena parte de las temáticas de la agenda “oficial”. La vieja regla de las tres fuentes, parece ahora la excepción.
El periodismo de antaño era auspiciado desde las empresas partidistas y enarboló banderas para defender sus orillas políticas. Hoy tenemos una metamorfosis de este comportamiento, llegando al punto que muchos periodistas son caracterizados o señalados de esta u otra línea de intereses, grupos o líderes económicos, sociales y políticos y la independencia o neutralidad ha desaparecido hasta de los escritorios institucionales. La publicidad sigue siendo el mecanismo de premio o castigo a los periodistas, aliados o críticos, por necesidad, comodidad, decisión u oportunidad.
Como es natural en las regiones, las condiciones no son favorables para investigar o publicar temas “delicados” por física falta de recursos y respaldo, por miedo a perder la “pauta”, a sufrir retaliaciones o presiones y tristemente, también se da el caso de algunos que lo hacen bajo la retina de un mezquino propósito. Muchos modifican su postura de opinión al vaivén de sus simpatías o “padrinos”, contribuyendo con sus informaciones, eventos o escenarios de discusión a generar ambientes emocionales contrarios o favorables en la opinión pública frente a diferentes asuntos de interés cotidiano, generando polarizaciones, afectos y desencuentros, que se traducen en el necesario rating. Además, poco o ningún respaldo se brinda para impulsar expresiones nuevas y creativas del periodismo al tenor de las circunstancias, que construya nuevos relatos, busque nuevas voces, fomente la identidad y el sentido de pertenencia, que testimonie luchas, avances , retos y valores, más allá de la retina inmediata de la región.
La compleja realidad social, política y económica del departamento ha socavado las empresas mediáticas que en su ejercicio para mantenerse y crecer termina siendo cada vez menos independientes y más “recursivos” para asegurar la supervivencia. No es fácil ejercer el periodismo en un departamento con índices de violencia e intolerancia tan altos, donde la mayor parte de los reporteros de los pequeños medios existentes, aseguran además su salario y herramientas de trabajo a punta de “cupos publicitarios”, difícilmente cubren su seguridad social y cotizan su pensión. Imposible “patear la lonchera”. Como lo expresa el investigador de medios, Martín Becerra, “la libertad de expresión se convierte en una suerte de fetiche en la medida que sirve para validar la posición de quien la invoca”.
La pandemia trasladó a muchas microempresas periodísticas a las redes sociales, ampliando el espectro de difusión y favoreciendo la interacción con los públicos, pero seguimos en un escenario débil en infraestructura y contenidos. La radio sigue siendo un medio bandera en el Cauca y encontramos un creciente número de emisoras comunitarias, algunas étnicas, con una importante penetración en las comunidades, por cuanto hablan desde su propio ombligo, protagonistas de estrategias de comunicación propias y diversas en favor de las causas del medio que representan, ofreciendo por demás una lectura distinta en circunstancias como el conflicto social y que sustentan un poder influenciador sobre sus públicos, como voceros de una verdad que es la causa propia, pero nada ajenos a esta dura realidad de financiamiento y “administración” de las noticias.
Persistir, fortalecer e innovar
Necesitamos apostarle a la creación e inversión de medios fuertes, más transparentes, con infraestructuras modernas, fuera del vaivén de la coyuntura local e intereses personalizados, que construyan un relato amable, innovador y fuerte desde la región, que visibilice el tejido social y movilice acciones en positivo, dignificando de paso el ejercicio de los reporteros. Las escuelas de periodismo local están llamadas a estimular una mayor presencia de sus egresados en la apuesta mediática local. Ante la gran afluencia de redes sociales y opiniones por doquier, el periodismo constituye la posibilidad de confrontar fuentes y versiones y promover un necesario debate de los acontecimientos locales, más allá del inmediatismo y el espectáculo. Debe ser el llamado a confrontar las “noticias falsas” y las avalanchas de rumores, chismes y versiones diversas que invaden todos los espacios. Su poder sigue siendo éste y para ello se cuenta con muchas más herramientas en el tiempo y espacio para indagar, ampliar los relatos, formular preguntas, exponer contextos en nuevos formatos.
Es tiempo de salir de la agenda común, “la chiva” quedó atrás y el gran reto es el valor agregado en la información, el estilo y profundidad. Los periodistas no son un mero canal de información, con disciplina, rigor, respeto y dedicación se puede innovar, dignificar el oficio y contribuir a construir nuevos imaginarios sociales. Su reto está mucho más allá del “corre, ve y dile” callejero, buscar el relato urbano y los ciudadanos del común. En tiempos de escasa y corta lectura, que grato encontrarse con la buena crónica, relato y entrevista, el informe soportado en investigación propia más allá de la versión de uno y otro, para impulsar la capacidad de análisis de ese público fiel y atento de los medios y periodistas. Estoy segura que siempre habrá público para ello. Solo un ejemplo: Popayán realiza hace veinte años el mejor Congreso Gastronómico y sus mejores crónicas no se escriben aquí, sus protagonistas llegan cada año como invitados especiales a saborear e inspirarse en su vivencia. ¿Quién nos ha dicho que no podemos hacerlo acá? quién nos niega salir a sintonizarnos con sus saberes y sabores? Falta de “pauta” o de entusiasmo?
lunes, 10 de enero de 2022
A la memoria de mi padre: Noble campesino santandereano
Nuestro padre Luis José Eduardo Ardila Rueda, fue un trabajador de sol a sol, un campesino que nació el 20 de septiembre de 1917 en la llamada Ciudad Levítica de Zapatoca; criado en la finca “Rancho Viejo” de la vereda San Javier, a la vera del Camino Real construido por el alemán Geo Von Lengerke, junto a sus padres Manuel Antonio y Ana Joaquina y sus diez hermanos, con quienes llegaron a San Vicente de Chucurí en 1935.
Papá aprendió del abuelo Juan Manuel Cecilio Ardila Ardila y sus hermanos mayores Carlos Manuel, Pedro y Miguel, especialmente, el arte del agro, así como a interpretar el tiple y la bandola y cuando sus papás se radicaron en San Vicente, como consecuencia de la depresión mundial de 1930, acompañó las labores de adecuación de la finca “San José” en la vereda Santa Rosa, la cual administró por varios años por solicitud de sus hermanos, a quienes finalmente compró las partes, consolidándola como propia a fuerza de trabajo.
El 15 de septiembre de 1956, a sus 38 años, contrajo matrimonio en San Vicente de Chucurí con mamá, María Otilia Díaz, quien vivía en la vereda La Primavera, hija de José Cecilio Díaz y Ana Victoria León, también campesinos de San Vicente de Chucurí, con quien forjó un hogar educado en valores, sentimientos y responsabilidades, convencidos que la principal herencia era la educación.
Los primeros 11 años de matrimonio vivieron en "San José". Con el apoyo de mamá mejoró la nueva casa, en reemplazo de la pajiza quemada en 1949 por las guerrillas liberales, donde florecieron cultivos de café, cacao, caña, frutales y jardines, al tiempo que fundó y promovió la organización comunal, donde lideró la construcción del acueducto, la electrificación y la apertura de la carretera de acceso, principalmente.
En el año de 1967 se trasladaron y arrendaron una casa en el barrio La Pola de San Vicente y papá continuó al frente de la administración de la finca mientras mamá Oti se hizo responsable del cuidado del hogar y la educación de los ocho hijos en la escuela El Bosque, los colegios Nuestra Señora del Socorro y Camilo Torres.
A los pocos años, compraron casa en el barrio “El Bosque”, donde se consolidó la convivencia y amistades en Chucurí, además de acoger la visita de tíos, sobrinos y primos que llegaban a pasar vacaciones y a las ferias del pueblo, especialmente.
Acompañado por un tabaco, vieja costumbre de los tiempos de colonización para espantar los mosquitos, papá siempre nos saludaba - “Cómo están los pompitos (as)? , con una sonrisa tranquila mientras compartía un buen chiste. Cuando pasábamos vacaciones en la finca, en las noches, cansado de la jornada en el campo, se levantaba la camisilla blanca y pedía que le rascáramos la espalda para relajarse o nos entretenía con el toque de vals, bambucos y pasillos colombianos. Amoroso, nunca nos castigó con golpes, pero siempre nos reprendió con firmeza desde una mala palabra, promoviendo el respeto, la autoridad y las buenas costumbres.
Justo con sus trabajadores, honrado en sus actuaciones y solidario como pocos, Don Luis, como le decían con respeto, forjó una gran cultura general en la lectura de las pocas revistas y periódicos a que tenía acceso y en las tertulias con los amigos y familiares en la tradicional compra de café y cacao de su hermano Joaquín, sobre política, economía y diversos sociales, con amplitud de conocimiento, una visión conservadora y cristiana de la vida.
No le fue fácil dejar su tierra, el surco y su gente. Un cáncer vesical detectado en 1982 diezmó su fortaleza en pocos meses, impidiéndole volver a su Santa Rosa querida y a “Rancho Viejo”, donde añoraba regresar en medio de la agonía, para volver a compartir con las familias de su natal Zapatoca.
Hacia las 8:20 a.m. del 28 de marzo de 1984, falleció en la casa de San Vicente, rodeado de mamá, algunos de nosotros y sus hermanos Joaquín y Jesús, que justo ese día estaban de cumpleaños y llegaron a visitarle.
Al interior de la familia y del pueblo, papá fue un hombre respetado y apreciado por sus valores y don de gentes, así como los servicios comunitarios prestados para el progreso de su comunidad. Honesto, humilde, de buenos modales, nunca se le escuchó una grosería, luchador, comprensivo y noble, fue un padre ejemplar para su descendencia.
Hoy, hace 37 años y 9 meses después de su muerte, depositamos sus restos junto a mamá, fallecida en Bucaramanga, >hace 14 meses, su fiel compañera de vida, para reencontrarse por siempre. Oramos por el eterno descanso y la paz de sus almas. Honramos con orgullo su memoria y legado de familia honorable y trabajadora, ejemplo para las nuevas generaciones.
Paz en tu tumba papá Luis Eduardo y grata compañía con mamá Oti en la eternidad.
27 de diciembre de 2021.
miércoles, 17 de marzo de 2021
Pandemia de ‘fieles`
@IsmeniaArdila
En el jardín de la pandemia hay más lágrimas que risas e historias que hablan de la compleja convivencia humana en la circunstancia de una amenaza invisible que nos confinó de un momento a otro a continuar nuestras vidas detrás de un tapabocas, bañados en desinfectantes y alcohol, muchos en espacios reducidos guardando las distancias, el reto de seguir siendo “productivos, eficientes y eficaces”, y por supuesto, felices,
En el seno de los hogares ha pasado de todo antes de llegar a la “nueva normalidad”. Como lo expresaron muchas personas en la interacción al artículo anterior, para nadie ha sido fácil. Las cifras e historias de las violencias cotidianas hablan por sí solas como de aquellas que se comparten en voz baja y que están a la orden del día: La vida en pareja; Se conocen toda clase de historias como para documentar más de un novelón sobre amor y desamor en tiempos del Coronavirus.
La pandemia zanjó las debilidades y amenazas de la pareja y actuó como catalizador de sus crisis. Unos atrapados por la distancia, otros por la cercanía, el encierro, el tedio y el estrés de las restricciones y rutinas propias de las cuarentenas. Miles de infidelidades en aumento bajo la complicidad de las nuevas tecnologías, redes sociales y App para ligar, que se destaparon o entraron en crisis. En todas las historias un gran protagonista: el teléfono celular, el mismo que motivó actitudes y señales sospechosas.
Mientras en la primera etapa de encierro la tensión vino por cuenta de quienes sostenían una relación externa, porque no había formas de encuentro más que los medios virtuales, circunstancia que sumó otro motivo de estrés, para otros estos fueron la ventana de escape para buscar nuevas relaciones, interactuar o explorando lo divino y lo humano.
En todas estas situaciones que pusieron en juego la `fidelidad” de las parejas, sin juicios de moral se advierte que el encierro obligó a asumir realidades antes evadidas o ignoradas, al tiempo que las privaciones propias de la pandemia llevaron al traste con muchas relaciones formales.
Además, dicen los expertos que hicieron crisis las tensiones del encierro mientras subió la demanda y el tráfico de páginas porno y juguetes sexuales, siendo ahora uno de los negocios más rentables de internet, favorecido por la limitación para hacer vida social exterior y menor posibilidad de relaciones sexuales. Una “pantalla de escape” en la crisis y un nueva forma de buscar placer en la soledad; un tema tabú que está presente y personifica la “erotización del miedo”, como una forma de huir de una situación que nos ha sobrepasado, sin que necesariamente implique un hábito cotidiano o adicción.
El panorama de estas novelas cotidianas revela todos los contrastes: Unos sin mucho que hacer, limitados en su movilidad, que hicieron de este un tiempo valioso para compartir con la familia y la pareja, otros sobrecargados por la nueva división del trabajo en casa, las dificultades económicas, clases virtuales de los hijos, el minuto a minuto en un espacio obligatoriamente compartido las 24 horas de días ahora iguales.
El estrés del autocuidado, la necesidad de concentración y adaptación han deteriorado la salud física y mental de las familias y sus cabezas; Los pronósticos inciertos de la pandemia nos hicieron más irritables, susceptibles, depresivos y ansiosos, sobredimensionando diferencias hasta en las cosas triviales y se están llevando por delante a miles de parejas al tenor de los juicios sobre lealtades e infidelidades.
La realidad es que la pandemia llegó hace un año y se ha llevado más que vidas, también muchas alegrías y sueños de familias y parejas, desnudó más que convivencias, falacias y verdades, afinidades y ”fidelidades”. Para muchos ha significado ocultar o descubrir situaciones nuevas u ocultas, con la angustia, la frustración, la tristeza y los duelos que esto representa; eso sí para todos, la urgencia de fortalecernos interiormente y crecer en amor propio.
martes, 2 de marzo de 2021
Desde el jardín de la pandemia
@IsmeniaArdila
En el jardín de la pandemia pasa de todo y nada. Miles de situaciones y estaciones hablan del vivir, morir, sobrevivir, persistir, resistir, reinventar y florecer entre lluvias, veranos y tormentas.
Estamos todos cansados de leer y oír de la pandemia, pero es la realidad que nos tocó vivir, sí o sí. Primero, desde una distancia que creíamos nunca nos arroparía y ahora, atrapados por la recurrente incertidumbre, que no desaparece ni con la llegada de las primeras vacunas.
No nos echemos cuentos, cada uno hará sus balance de cómo le habrá ido, desde su óptica, las circunstancias de vida, con pérdidas o ganancias, las tantas cosas que echamos de menos o el destape que ha representado que nos topara a todos `con los calzones abajo’.
Hace un año parecía una noticia lejana, para muchos desapercibida en el segmento internacional. No era para menos, al fin y al cabo aquí además de todas las guerras vividas, llevamos años con el dengue, la malaria, la tuberculosis, por aquí pasó la influenza, el Zika y el Chikungnya, entre otros.
Superadas las pasmosas calles de espanto donde solo rondaban las patrullas en busca de infractores de la cuarentena, regresaron las aglomeraciones, el ruido y el trancón, acompañados de rumores y comentarios matizados por miedos, algunos con el dolor de sus muertos y el duelo tatuado en el alma, otros con las secuelas del virus, el fantasma de la quiebra, la pérdida del empleo o los planes inmediatos congelados.
Atrapados se quedaron muchos sueños mientras los expertos digitales se proyectan a sus anchas; se acabaron las cartas, los despachos oficiales atienden a media marcha y los teléfonos suenan sin respuesta, la lista de correos se dispara y los días siguen iguales, para muchos grises y desabridos, solitarios e introvertidos, sin diferencias entre un domingo, un viernes o un lunes, incluso para el teletrabajo desde la sala, el cuarto y el comedor de la casa.
En contrate, otros parecen felices, muchos remodelan sus casas, organizan el jardín, trasladaron su residencia a una parcela, salen en bicicleta el fin de semana, volvieron a mercadear en el sector; creció el comercio próximo, olas de vendedores ambulantes merodean los barrios ofertando algo más que remates y el aviso de ofertas está por doquier.
Ante el reencuentro, hay sonrisas y lágrimas, la pregunta obligada de cómo le va con la pandemia y con su vida se impone en el intercambio sin mucho chismeo en la calle o en la esquina y detrás del tapabocas no reconoces a la mitad de la gente que te saluda en la mediana distancia.
Todo pasa como una película lenta a interminable que llena de impaciencia, alienta distancias sociales, alcoholismos, largas horas, días y noches frente al celular, el computador y el televisor.
Historias de quiebras, nuevos emprendimientos y ejemplos del “reinventarse”, premisa de moda. Médicos y trabajadores de la salud aplaudidos como héroes de primera línea que no reciben su salario a tiempo; desnuda realidad del sistema de salud, vacunas sin pronóstico claro, remedios alternativos y hasta familias enteras peleando en los hospitales para demostrar que a sus muertos no se los llevó el letal virus para reclamar un cuerpo y hacer un funeral.
Las redes sociales siguen matizadas por obituarios, cadenas de oración, noticias de los grandes y pequeños de todas las condiciones sociales que perdieron la pelea frente al virus, rumores y anécdotas del drama familiar que ha significado su paso por nuestras ciudades y pueblos.
Quinceañeras sin fiesta, títulos sin ceremonia; Más jóvenes deprimidos, mujeres violentadas en casa, uniones en crisis, divorcios a la orden del día. Nada más aburrido que una misa en Facebook, clases virtuales con uniforme de la cintura para arriba y peinado `adecuado` so pena de violar el Manual de Convivencia.
Amanecemos y anochecemos con las noticias de la pandemia: un familiar que enfermó o murió, un amigo del amigo, los abuelos, los vecinos, el pariente lejano… Sepelios sin ceremonial, protocolos, flores y discursos, rituales de llanto solitario y abrazos virtuales.
En mundo se dividió entre ciudadanos digitales hábiles y no digitales: Millones de niños, niñas y jóvenes en clases virtuales a través del celular y el ordenador, en contraste con territorios donde a duras penas tienen luz eléctrica, aún no llega la señal de internet, no conocen una computadora y saben del resto del mundo a través de la vieja radio.
Proliferan los memes, los bulos y la Covid-19 está en todo. La epidemia en algo nos cambió a todos, incluso en nuestra relación con el entorno, añoramos un hábitat más amable donde abandonar pesadez de las pantallas por un ambiente más limpio y silencioso.
Hoy en nuestro jardín todoS cultivamos; unos nacen, otros mueren o florecen luego de la poda.
Tal vez ahora más solos o selectivos, menos sociales, pero más dentro de nuestra propia esencia, como lo que realmente somos: Uno.
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