Por Ismenia Ardila Díaz
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En el mejor mirador de mi pueblo natal - San Vicente de Chucurí- no precisamente el lugar más alto, en el atrio de la iglesia, corren por estos días no los comentarios de una cotidianidad simpática y aburrida, sino toda clase de historias sobre el ‘barrejobo’ de la quebrada Las Cruces, que hace una semana dejó una docena de víctimas, 51 viviendas destruidas y 180 familias damnificadas. Qué paradoja, por mucho tiempo y en los duros veranos, tan comunes de esa región, por ese afluente no corrieron más que piedras, las mismas que ahora bajaron en todas las proporciones junto con el lodo de las montañas deforestadas y derrumbadas por un crudo invierno. Muchas historias y de toda clase, incluidos los últimos instantes de vida de Natalia Álvarez (QEPD), de 24 años, la heroína de la jornada, que salvó a varias familias advirtiéndoles que salieran, pero que finalmente fue arrebatada por la embravecida creciente. Se revivió también la vieja leyenda de la colonización, según la cual, el cacique Yariguí, instalado en el nacimiento de la quebrada, montañas arriba del pueblo, algún día terminaría de fumarse un paquete de tabacos conjurados por el sacerdote del pueblo para cobrar la afrenta de la infidelidad de su mujer con un blanco, con una fuerte creciente que solo dejaría en pie la iglesia. Hace 14 años con una creciente similar se refrescó el temor al ‘barrejobo’ y la “bajada del indio”, pero lamentablemente las lecturas y las lecciones no fueron las acertadas.
Lo relato porque la géneris del luto y la tragedia de San Vicente de Chucurí ampliamente cubierta por los medios masivos, no son distintos al de ya decenas de caseríos, pueblos y ciudades de nuestro país. No fue la ofensa frenada por el conjuro de los tabacos -que según la leyenda “mantenían la neblina de la montaña”-, la responsable; fue la tala de árboles, sumada a los errores de planificación que permitieron que las viviendas se instalaran a pocos metros de la quebrada, sin recato ni respeto, invadiendo los espacios propios que requiere el afluente para rebozar en invierno. El fétido olor de la creciente fue un crudo símbolo de lo ocurrido. Además, tristemente se cuenta que algunos de los desaparecidos permanecían en el lugar porque las viviendas ofertadas para reubicarlos “no eran dignas”… Una historia común, una tragedia común, que se repite inmisericorde.
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Mucho revuelo entre tanto escándalo, por la noticia de que la Corte Suprema de Justicia le sigue la pista de una persona conocida como “El hombre del maletín”, que habría servido de intermediario entre los intereses de algunos congresistas en la Dirección Nacional de Estupefacientes para que entregaran a ciertos depositarios los bienes incautados, entre otros a la mafia. En las declaraciones conocidas, el presunto “hombre del maletín”, entraba y salía de los despachos cargando dinero y haciendo el tráfico de influencias. Curioso, este tipo de personajes se repite en varias entidades y situaciones asociadas a coimas y politiquería. Incluso en el Cauca se ha escuchado historias similares del “hombre del maletín” que recoge sobornos, cuotas de contratos, lleva y trae y funciona como emisario y una corrupta expresión más de la cuestionada contratación oficial. Sólo que esta historia común no es leyenda, pero igualmente se repite, violenta e inmisericorde…
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