Por Istmenia Ardila Díaz
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Muy sonrientes lucen los principales dirigentes del Cauca posando para la foto –los que vimos en los medios de comunicación- con el candidato Presidencial Juan Manuel Santos. Bien que lo hagan y si el domingo se confirman las encuestas y se ratifica el continuismo, que desde ya promuevan un histórico compromiso con este departamento, más allá de los acuerdos burocráticos que deben haber motivado en buena parte las adhesiones.
El Cauca vive una nueva encrucijada que urge grandeza y alto compromiso o de lo contrario, seguiremos con los augurios de inviabilidad. Si en los doscientos años de vida republicana, 16 presidentes oriundos de esta tierra no fueron suficientes, ahora sí que esta tierra necesita del privilegiado compromiso de un Presidente.
Por donde se le mire encontramos los más bellos paisajes y la gente más abnegada, pero múltiples problemas sin resolver que se expresan principalmente con todas las formas de violencia, desplazamiento, informalidad y pobreza. La compleja topografía facilita la concentración de grupos armados y narcotraficantes que en los últimos dos años, según informe de Naciones Unidas aumentaron en 1.500 hectáreas los sembrados de coca y marihuana, muy a pesar de los fuertes golpes que les ha asestado la fuerza pública. ‘Negocio’ que de paso está destruyendo el patrimonio ambiental del que tanto nos enorgullecemos pero que todas luces ya no es tal. Por eso, por ejemplo, en pueblos como Mercaderes, el agua no es apta para consumo humano, no sólo por falta de tratamiento, sino porque su afluente está contaminado por insumos para el procesamiento de cultivos ilícitos. La Costa Pacífica se sume en la más aguda tragedia de pobreza y violencia, ahora por cuenta del narcotráfico y la región minera de Suárez, sigue reclamando soluciones sociales más allá de la legalidad o no de la prometedora explotación aurífera. Recientemente, la aparición de un panfleto amenazante contra un grupo de líderes, incluidos tres periodistas, confirma la presencia de las famosas bandas criminales en que se reconfiguraron paramilitares, guerrilleros y delincuentes comunes.
Como lo destacara en su columna el colega Luis Guillermo Céspedes, las cifras de Popayán, la capital del Cauca, reflejan serios problemas que requieren el serio debate y compromiso de todas las fuerzas vivas, más allá de las frases de cajón. Popayán no solo es la segunda en desempleo a nivel nacional, hecho que se ha ratificado en poco menos de un año de medición por el Dane, también está entre las tres ciudades más caras del país –abonadas en buena parte por las tarifas de la energía y la gasolina-. El municipio apenas salió de Ley 550 y tuvo que comprometer vigencias futuras para ejecutar obras de sustancial infraestructura, entró en la moda de la concesión de servicios públicos como el aseo y a la empresa de teléfonos la rodea el fantasma de la crisis.
El creciente sicariato vende todos los días páginas amarillas y el consumo de sustancias alucinógenas sigue en aumento. En esta ciudad pasa de todo y nada, las tarifas de energía suben y bajan y al menos ya protestamos apagando la luz. Sin meterse en el balance del gobierno saliente es claro que necesitamos el firme compromiso del nuevo Presidente con esta tierra. La lista de urgencias es larga y el espacio insuficiente.

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