Por Istmenia Ardila Díaz
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Interesante y necesario el debate que se ha venido promoviendo en algunos medios nacionales en torno a los orígenes de la corrupción, ese monstruo de mil cabezas que invade hoy prácticamente todos los espacios públicos y privados de nuestra sociedad. A diario al encender la televisión o la radio nos sintonizamos con los últimos acontecimientos, en su mayoría tristemente asociados a ella. Y no falta quienes argumenten que no es más que parte del show mediático tras el raiting. Por supuesto que da para ello, pero qué pena, si no es por eso, quién sabe a qué más estaríamos abocados.
No podemos desestimar la importancia del tema. La corrupción capturó al Estado y como lo sugirió Elizabeth Ungar, Directora de Transparencia por Colombia, aquí “debería declararse una emergencia ética”. La corrupción campea por todas partes por cuenta de sobrecostos en obras, ‘roscas’, coimas, tráfico de influencias, obras mal hechas o con materiales de mala calidad, improvisada planeación y violatorias de la ley.
Ante el llamado escándalo del carrusel de la contratación, novelón del que todos los días tenemos un nuevo capítulo, uno de sus protagonistas, Miguel Nule llegó a afirmar que "la corrupción es inherente al ser humano". Pero es que hemos llegado al cinismo en que el honesto es la excepción, sinónimo de pendejo, tonto. La corrupción se nutre a diario con la pasividad del “deje así”, “eso no es conmigo”, “sálvese quien pueda”, “pero es que…”. La afirmación y la indiferencia consolidan al corrupto y por eso estamos como estamos.
La corrupción soporta hoy a muchos, por eso se hace cada vez más difícil combatirla y ha adoptado diversas formas, cada vez más complejas, no es un problema de pocos, existe aunque no la reconozcamos, sus consecuencias nos afectan cada vez más y siguen restando: menos educación, menos salud, menos vivienda… casi invisible recreación y cultura –eternas cenicientas-.
El problema no se reduce a lo judicial, si hay o no capacidad para investigar o castigar a los responsables, también si hay opción de denunciar o señalar, porque todo se compra, se intimida o se presiona. El hecho de que no abunden las denuncias no significa que no exista ni que influya de manera importante. Como ya lo han dicho muchos: “lástima que las denuncias y las víctimas no tengan rostro”.
Como quisiéramos, por ejemplo, que desde el ámbito regional hubiera viabilidad para una prensa mucho más crítica que contribuyera a develar tanto ‘tape tape’ del que se habla por doquier. Pero no es fácil. Por eso hay que celebrar y respaldar a quienes tímidamente hacen esfuerzos para sostenerse en la investigación y denuncia, a riesgo del castigo publicitario que se le viene encima.
Como lo ha afirmado reiteradamente Elizabeth Ungar, Directora de Transparencia por Colombia, “la corrupción y la violencia son los dos problemas más persistentes y graves que afectan la gobernabilidad y la legitimidad de las instituciones en nuestro país, hasta el punto que han sido temas centrales y decisorios de las últimas tres campañas presidenciales, y seguramente lo serán en las elecciones territoriales de octubre próximo”. Hay que insistir en el tema aunque suene como disco rayado y como dijera un columnista del diario por estos días, en esta Cuaresma, seria edificante ver a ciertos políticos en algo más que ritos religiosos, sino demostrando propósitos de enmienda. Los milagros existen.

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