Por Istmenia Ardila Diaz
isardiaz@gmail.com
Avanza noviembre entre tormentosos y gélidos días de invierno. Como dicen popularmente ‘llueven hasta maridos’ y por supuesto llega la angustia, el dolor, las emergencias y las carreteras que el ‘ingeniero verano’ arregló, prácticamente se borran del mapa. Difícil cierre del año entre el augurio del aguacero de más tragedias y problemas. Pero nada que aprendemos, ni la sencilla lección de limpiar sumideros en verano para evitar las inundaciones callejeras. Esas simples tareas siguen aún sin aprenderse y mientras el frío se nos mete entre los huesos y nos llegan toda clase de virus, epidemias y gripes por cuenta del ‘mal clima’, no podemos seguir siendo indiferentes a sus bruscos cambios. No hace más de tres meses que llegamos a registrar al medio día en Popayán temperaturas de 28 grados centígrados. Ahora, hablamos de 13 grados. Algunos expertos aseguran, por ejemplo, que por cuenta del cambio climático en poco tiempo se producirán otro tipo de desplazamientos, buscando seguridad física y alimentaria. Seguramente las ciudades capitales serán potenciales receptoras.
El cambio climático está con nosotros, afecta nuestra salud, nuestra economía, todo nuestro entorno. La otrora apacible ciudad no es inmune a esta trascendental transformación del ecosistema. La ciudad ahora no sólo luce desordenada y caótica, también gris y fría, cunde el estrés, las quejas y molestias por un entorno en el que todavía no hemos dimensionado las verdaderas amenazas en el corto plazo. Entretanto, la creciente rumba parece ser el refugio de miles -que protestan porque se les pretende ‘sacrificar’ una hora- mientras otros tantos arriban temprano a casa buscando la calidez cada vez más ausente en las calles.
Caminamos indiferentes, los problemas crecen, la delincuencia sigue tomándose las calles, los accidentes de tránsito siguen a la orden del día y los artistas siguen mendigando espacios para devolverlos la confianza y la alegría. Esta no es la misma ciudad, con sus históricos y centenarios edificios. Hasta la plaza principal se transformó, como sus escasos parques, donde gana espacio el cemento en detrimento del verde, como una especie de representación de la dura realidad que caracterizan los nuevos tiempos, con espacios cada vez más insuficiente para los peatones, entre la ruidosa y compleja movilidad de carros, busetas y motos, vendedores ambulantes, pintas, cuentos y angustias diversas. Popayán ya no es la misma, a la que le siguen lloviendo toda clase de problemas sociales y donde la cotidianidad ya no tiene la amabilidad de otros tiempos. La opulencia de sus históricos edificios contrasta con el rebusque y el acelere que ocupa a la mayoría de los transeúntes que los rodean.
Pero no se trata de ‘llover sobre mojado’. Lamentablemente a esto se suma la creciente intolerancia que hace que hagan carrera las posiciones distantes. Cada vez tenemos menor capacidad de diálogo hasta para hablar de las cosas más nimias de la ciudad. Necesitamos puntos de encuentro. Cada institución o entidad, por ejemplo, le apuesta a sus propios intereses y sus protagonismos, como los políticos a sus ‘clientelas’, sin importar la herencia que están construyendo.
Pero otros tal vez dirán, sensiblerías, ya pasará el aguacero. Ya vendrán diciembre y enero con su alegría y su emoción. En el nuevo año entrarán en escena decenas de precandidatos dispuestos a hacernos soñar entre propuestas y discursos. Entonces ojalá haya verdaderos liderazgos, apuestas decentes y aterrizadas.
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