Periodista de profesión y convicción.

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Ismenia Ardila Díaz. Comunicadora Social-Periodista.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Opinión: entre egos y criterios

Por Istmenia Ardila Díaz
isardiaz@gmail.com

Escribir una columna regular en un diario no sólo representa un disfrute, un gran reto y compromiso, es también un privilegio en que debemos balancear muy bien desde nuestros fundamentos y criterios hasta los propios egos.
Emitir juicios sobre la realidad que nos rodea ostenta una gran responsabilidad. Nuestros lectores se identifican o no con nuestro estilo, ideas y pensamientos; nos buscan o nos evaden, nos leen, nos aportan o nos discrepan. Según su postura, algunos celebran y aportan, otros en cambio agreden y terminan incluyéndonos en el listado de “personas no gratas”, cuando decimos en voz alta lo que generalmente muchos vociferan. Pero como dice el refrán: ‘nadie es monedita de oro para caerle bien a todo el mundo” y menos cuando decides referir a viva voz temas de controvertida visión.
Si informar conlleva una gran responsabilidad social, emitir juicios sobre la realidad, también y mucho más. El columnista o articulista juzga y matiza, se basa en el conocimiento y la percepción personal. Detecta un tema de interés público y se propone una mirada interesante, orientando sus argumentos, juicios o hipótesis hacia una o más visiones.
El reto va más allá de combinar la vieja fórmula de brevedad, concisión, sencillez y familiaridad. El propósito es convencer, persuadir, advertir o motivar al lector frente a determinada información, hecho, postura o idea. Y las recomendaciones siguen: argumentar y sustentar, orientar con estilo y altura, de manera responsable y veraz, sin personalismos.
Como afirma Paul Johnson, “la columna es mucho más vieja de lo que se cree”. Sus orígenes se le atribuyen en el siglo XVI a Michel Eyquem de Montaigne y Francis Bacon. Sus escritos eran ensayos que luego terminaron impresos y constituyeron la géneris del periodismo de opinión.
De nada basta la información escueta si no se analiza, y es allí donde entra a jugar el llamado columnista y qué decir cuando es éste el que advierte sobre hechos que ni siquiera se han relevado por los propios reporteros responsables de informar. Un columnista debe maniobrar para cultivar un estilo propio, confrontando los hechos y argumentando bien. Muchos de quienes nos leen asumen que tenemos un conocimiento probado de los temas y esperan que nos adelantemos a lo que está sucediendo o lo que debería ser del interés general. El analista, con amplio conocimiento en determinados temas, que valora los hechos con rigor y profundidad. Las mas comunes son las columnas personales donde igualmente cobran valor el poder narrativo, analítico, argumentativo y persuasivo, pero profundamente permeadas por la subjetividad del autor, muchas claramente doctrinarias, dogmáticas y hasta narcisistas. El mayor pecado capital del columnista es precisamente la vanidad y el riesgo más sencillo, no tener fuentes directas como el reportero, escribir desde la casa, su propia visión.
Grato el buen recibo de los colegas de esta sección al llamado para preguntarnos sobre múltiples problemas urbanos y probables soluciones. Y no es que no lo hagamos. Para motivar su entusiasmo, mi reflexión sobre el papel que jugamos en una sociedad con tanto de qué hablar como de resolver. Sigamos opinando y argumentando, conscientes de la responsabilidad que nos asiste, con especial cuidado al culto del ego.

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