Periodista de profesión y convicción.

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Ismenia Ardila Díaz. Comunicadora Social-Periodista.

jueves, 22 de octubre de 2009

Lissette Bustamante: un compromiso con la verdad

Entrevista a una veterana periodista cubana publicada en la Revista Digital Consenso Número 9 de 2007. Reflexiones valiosas.


Por Reinaldo Escobar

¿Cuándo, cómo, por qué y para qué te hiciste periodista?

El periodismo ha sido para mí un estilo de vida, una forma de vivir una realidad muy compleja que incluye Cuba, España y otros lugares a los que he llegado por el ejercicio de esta fascinante profesión, una profesión comprometida si se intenta buscar en la realidad integral humana; si se respeta el derecho a la información, un derecho que en Cuba se ha violado constantemente. Es importante sentir la valentía, el ingenio, el compromiso, un gran sentido de la ética y tener libertad personal y profesional.

Cada periodista, por más objetivo que quiera ser, interpreta los acontecimientos a partir de la realidad, es decir de sus propios puntos de vista, sin que nadie pueda vanagloriarse de informar acerca de acontecimientos neutros y sin ideología. La forma que una tiene de trabajar como periodista guarda relación directa con la forma de ver la vida y su sistema de valores. También influye la línea editorial de cada medio, la cual el periodista debe respetar.

En este punto entiendo por ideología el conjunto de valores humanos que pone en juego el transmisor de la compleja realidad que transmite a través de los más diversos géneros. Ya sea narrador, periodista, cuentista, historiador, novelista o director de cine, los instrumentos que utiliza para su labor son humanos y como tales tienen una carga de ideología y de opción personal, ya sea en la narración de acontecimientos periodísticos que ocurrieron ayer o con respecto a hechos que discurrieron hace décadas o cientos de años.

A los 18 años comencé a trabajar para dos revistas militares de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Primero como correctora de estilo y luego como periodista. En 1983 trabajaba en los servicios informativos de la televisión cubana y estudiaba en la Universidad de La Habana. Con mucho esfuerzo logré graduarme ese mismo año. En ese entonces creía en el proceso revolucionario, había abrazado la posibilidad de contribuir a la creación de una sociedad justa. Deseaba que el periodismo cubano uniera a la calle con el tiempo; lo inmediato con la capacidad para captarlo; el hecho noticioso y la necesidad de describirlo casi antes de que sucediera.

En mis labios una pregunta muy sencilla repito con frecuencia, ¿por qué?, una interrogante que ha provocado malestar en algunas de las tantas y tantas personas que he entrevistado, sobre todo entre políticos, militares y hombres de negocios.
Ha llovido mucho desde entonces y ya acumulo 50 años y cuando miro hacia atrás siento satisfacción y también dolor, mucho dolor. Cada día me aferro a aquella frase de Oriana Falacci: “La desobediencia hacia los prepotentes siempre la he considerado como el mejor modo de usar el milagro de haber nacido”.

No creo en que haya verdades absolutas. Cada cual tiene una manera de hacer periodismo y, lamentablemente, también en el periodismo hay mercenarios: gente que se lucra para tener réditos económicos. Y están los farsantes, de eso los cubanos saben bastante.
También hay periodistas comprometidos. El comprometerse va directamente ligado al periodismo en todo el sentido de la palabra; periodismo como una función social, con responsabilidad y con honestidad. Decir que los periodistas podemos hacer una aportación a la paz parece una postura utópica o ingenua. Yo no trabajo en un organismo de ayuda humanitaria. Cuando me refiero a la aportación a la paz, quiero decir que se debe enfrentar a los seres humanos a través del miedo y el desconocimiento. Cuando desconocen algo, lo temen y, a veces, incluso lo combaten.

¿Cómo confrontaste tus ilusiones de lo que debía ser tu profesión con la práctica directa en los medios cubanos?

¿Mis ilusiones? ¡Muchas! Era una veinteañera, que había crecido en un ambiente favorable al proceso revolucionario, una joven que pensaba que con esfuerzo y enfrentando los problemas se mejorarían las condiciones de vida y los errores en las estructuras del poder cubano que se evidenciaron durante la década de los años 80, sobre todo después de un II Congreso del PC cubano que no hizo más que reaprobar lo que se analizó en el primero. Más de lo mismo. En esa década, que comenzó con la crisis de las embajadas y la salida de 125.000 cubanos por el puerto del Mariel, ya los gritos de cambio se escuchaban en los ambientes intelectuales. Sin embargo, los oídos de Fidel Castro padecen de una sordera crónica para las críticas, aunque se sustenten en aquellas palabras que casi como una orden advierten: todo dentro de la revolución, nada fuera de ella. Fuimos muchos, incluso yo misma, quienes pensamos que las ventanas se abrirían poco a poco… algo así como sin prisas pero sin pausas… porque la falta de información alimenta el rumor y el desconcierto. Como mismo ocurre en estos momentos, hay situaciones, personas y sentimientos que están en la calle, que se miran, se palpan, sin embargo el periodista sigue siendo un trabajador ideológico, lo cual frena que sea un periodista de raza, convencido de su función social. Y el sentir que no cumplía plenamente con ese principio me atormentaba, pero con nadie me atrevía a hablarlo, aunque quien supo leer mis ojos, se enfrentaba al desencanto que me invadía de la misma forma en que fui teniendo más acceso a los altos niveles del poder cubano.

La desconfianza caracteriza el ambiente intelectual cubano. Los informantes, los colaboradores para ganar pequeños espacios de libertad, simpatías del poder, prebendas personales, en fin... hasta yo misma tuve que escribir “engomes” sobre aquellos extranjeros que se acercaban para ametrallarme con preguntas acerca de Fidel Castro. Tenía que hacerlo, formaba parte de mi función periodística y máxime si entre algunos cuadros del PC cubano era considerada como una más del Grupo de Apoyo al Comandante. Una carga muy pesada, que no negaré que durante los primeros años que andaba con Fidel Castro de un lado a otro, constituía un orgullo y un reconocimiento, sobre todo si se tiene en cuenta que nunca fui militante de la Unión de Jóvenes Comunistas ni del Partido.

¿Mi sueño? Un periodismo auténtico que comienza por ser literatura y termina en un diario filosofar, pero esta filosofía es muy distinta a la ejercida durante más de 45 años: piensa y denuncia, razona y protesta y, logra convertirse en la voz de los que casi nunca son escuchados, sólo cuando conviene, cuando favorece las intenciones del poder. Hubo intentos por desarrollar este tipo de periodismo, pero se truncaron. En el exilio he trabajado mucho con testimonios y me he involucrado con la gente del lugar. Cuando los lectores leen que del otro lado hay una historia, unas causas y consecuencias, y que los que mueren, los heridos y los que sufren todas estas violaciones de los derechos humanos son personas exactamente iguales a ellas –con las mismas esperanzas, que quieren criar a sus hijos, ser respetados y mantener su dignidad–, se produce una empatía y una comprensión hacia el otro, aún teniendo religiones, culturas y formas de vida diferentes. Mostrar cómo es el otro también es una forma de educar y de abrir la mente a la gente para que sea más tolerante y no tenga miedo. El periodismo también está relacionado con la intuición, la observación y el despertar de todos los sentidos. A veces, los olores son claves para contar una historia. El olor a muerte, a sufrimiento, a hambre. ¿Por qué existen esos olores? Para responder se debe estar en el lugar.

¿Y tus desencantos?

Muchos, recuerdo aquellas asambleas de rectificación de errores y tendencias negativas, ¿dónde quedaron aquellas opiniones? Archivadas, destruidas, algunos huyeron por las represalias y otros enfrentaron el ostracismo. Manipulación del rumor, exaltación de la retórica fidelista, mientras la población vive cada vez más ahogada en sus problemas vitales. Parecía que el control sobre los acontecimientos se escapaba de las manos del poder castrista y aquellas ventanitas se volvían a cerrar de golpe. Sus consecuencias están en aquellos que cuestionaron, protestaron o sólo expresaron sus opiniones con claridad “dentro de la revolución”, pero muchos tuvieron que marcharse de la revolución a algún país extranjero para convertirse en apátridas. Otros se quedaron para desarrollar un movimiento de periodismo independiente; a pesar de que la mayoría ha sido encarcelada o se encuentra en el exilio. Algunos entran y salen de la isla porque aceptan los requisitos del régimen.
Creo que hemos perdido la inocencia y hasta la capacidad de sorpresa. Quizás la televisión o el cine, nos la han quitado. Quizás nosotros, los periodistas... hemos sido los más perjudicados por no cumplir con esa función social tan importante para la sociedad. Somos el mensajero, el intermediario… Intenté mostrar la realidad a trozos, en las dosis que los censores permitían o se hacían los que no se daban cuenta y se emitía en el noticiero nacional de televisión.

En algún momento fuiste también una “propagandista” del sistema, ¿hasta dónde te creías todo lo que decías?

No lo niego, ni lo negaré nunca, fui una propagandista del régimen. Ya en el exilio, durante unos años me sentí responsable por transmitir esa imagen cálida, desafiante, intrépida, solidaria, a veces tierna y preocupada de Fidel Castro, quien ha marcado con su impronta el destino, no sólo de Cuba, sino también del resto de América, sin dejar de comentar su influencia en África, países árabes, y el papel que desempeñó en el poder soviético.

Sin pretender justificarme hice lo que creía y preguntaba lo que oía en la calle, lo que se repetía de casa en casa en voz baja. Lo hacía a veces entre líneas, manipulaba la imagen, el sonido, buscaba la forma que el mensaje subliminal, el doble discurso llegara a través de la televisión. A veces lo logré por la velocidad que exige nuestro trabajo. Urge entregar el video, y no hay tiempo para pensar en el trasfondo... Y en los directos aprovechaba para dejar caer alguna idea o intervención de algún ciudadano que cuestionaba el ejercicio del poder por parte de algunos cuadros del PCC, por supuesto que casi nadie se atrevía a cuestionar la figura de Fidel Castro. Ante ese nombre y apellido, la retórica y la demagogia muestran sus mejores galas.

Comencé a leer libros prohibidos de autores como Cabrera Infante, Lezama Lima, Reynaldo Arenas, Borges, Falacci, ¡qué larga lista de letras y videos prohibidos!… Lo increíble es que algunos de esos libros y documentales “diversionistas” llegaron a mis manos gracias a algunos altos cargos del PC cubano. Fui perdiendo la esperanza, la insatisfacción me invadía, no confiaba en casi nadie. Cada vez que entrevistaba a Fidel me sentía peor conmigo misma y a escondidas lloraba de impotencia. Afloraba el desencanto.

Carlos Aldana, por aquel entonces secretario ideológico del PCC, me definió ante el mismísimo Fidel y Raúl como una “terrorista ingenua”. En ese momento, no entendía muy bien, o más bien mi razón no quería o no podía comprender todo lo que resumía en dos palabras. La contradicción entre lo que creía que debía hacerse y lo que tenía que hacer era cada vez más angustiosa y asfixiante. En muchas ocasiones ya no necesitaba correr tras Fidel para entrevistarlo. Sabía que tenía que cumplir con el personaje que me había asignado en su régimen: propagandista de sus actos y discursos maratónicos. Constantemente ha mostrado su desmedido afán de poder, y una necesidad compulsiva de legitimidad. Debo destacar que se ha caracterizado por tener una capacidad excepcional para crear y utilizar las imágenes como soporte de su acción política.

Pienso que la supervivencia llevó a muchos cubanos a ser mitad agente secreto, combatiente internacionalista, militante o doble agente, heroicos, poco discretos y fanfarrones-demagógicos. A veces pensé sentir que la locura se instalaba al no saber si me hablaba el verdadero amigo, compañero, militar, o era el otro, el oportunista, el busca espacio, el busca viajes y hasta el busca ideas de otros para lucirse ante sus superiores… Uffff… ¡¡¡Cuánto apesta!!! Y todo entre la miseria y la grandeza de Fidel Castro. Sé perfectamente que contribuí a su imagen en sus horizontes de poder y yo no fui más que una figurante necesaria en un momento y luego, cuando ya molestaba, desechable, excluible, exiliada...

Al poco tiempo de estar cada vez más cerca de las instancias del poder fidelista, mi desencanto era mayor… ¡Qué difícil mostrarle al mundo que el sufrimiento existe en Cuba desde hace años!

Hoy me aferro a conservar el optimismo con dosis de inocencia, ¿por qué no? Se perdió el sueño y comencé a vivir en la incertidumbre, el miedo y la desconfianza que se vive tanto dentro como fuera de la isla.

Tengo que reconocer que pocas veces me dijeron los temas que debía preguntar. Probablemente el instinto de supervivencia y los límites que impone la personalidad de Fidel me indicaban hasta dónde preguntar, hasta dónde investigar, hasta dónde profundizar en mis reportajes y comentarios.

En tu carrera como periodista tuviste ocasión de tener contacto directo con las más altas figuras del gobierno cubano, ¿qué experiencias puedes contar?

Los recuerdos… son muy variados. Ante todo, debo reconocer que nunca tuve un encontronazo con Fidel Castro ni con Raúl. Sí con otros integrantes del Buró Político, del Comité Central, de la Seguridad del Estado, algunos ministros y esos dirigentes de poca monta que pretendían controlar hasta las miradas.

Descubrir las diferencias entre los hermanos Castro despertó una curiosidad muy grande por la figura de Raúl, el menor de los Castro. Tuve la oportunidad de compartir con el segundo varias conversaciones que me llevaron a concluir que vivía dos Cubas, la de Fidel y la de Raúl.

Para el viejo convaleciente era una máquina, para Raúl un ser humano.

Ya en lo que llamaron la televisión del Comité Central el desencanto se vistió de gala para aferrarse a la rebeldía y al deseo de buscar, indagar, descubrir más allá del horizonte que se mantenía intacto. Rearmar discursos maratónicos de Fidel, corregir sus incongruencias en las largas intervenciones en la Asamblea del Poder Popular y un fuerte impacto fue ser testigo de cómo intervenciones muy críticas de Raúl eran censuradas directamente por la dirección del partido.

En esa televisión, casi paralela, pude participar en equipos de trabajo que se conformaron con investigadores de lo que en ese entonces era el Departamento de Opinión del Pueblo. Ahí sí que los archivos de varios secretarios provinciales del PCC se abrían para el trabajo que realizábamos para presentar a la alta dirección del PCC.

¿Qué te hizo tomar la decisión de romper con todo?

Los fusilamientos de 1989 fueron claves para percatarme de hasta dónde podía llegar Fidel en su afán por proteger su poder y su figura. Y el precio que se ha pagado por ese error es alto. Había logrado una cierta intimidad con la calle, la amaba, la descubría y Fidel ni caso hacía a las cartas que me enviaba la población y que llegué a entregarle en mano por si era verdad aquello de que no se enteraba. Ya no sólo veía, había aprendido a observar y más que a observar a sentir. Ese sentimiento que te hace descubrir lo que late en tu interior. Y en mí ya era insatisfacción y casi un estado de locura por querer cambiar y no poder. También tenía miedo. Sentía que la calle me interrogaba

Recordando los versos de Machado, no son cosas y personas porque las vemos, sino cosas y personas que nos ven. Sentía el reclamo de la crisis, de la gente que está en la calle... En 1991 decía que Fidel Castro tenía que irse de Cuba, no imaginaba el exilio. Sin embargo, las presiones de la Seguridad del Estado me llevaron casi al alcoholismo y al deseo de hacer algo definitivo como por ejemplo asaltar el diplomercado de 70 en Miramar, el mejor abastecido en ese tiempo… Hoy me tengo que reír porque las personas a las que en voz muy baja les comentaba mis intenciones decían que ya estaba loca. También hubiera querido volar la diplogasolinera de Miramar. Todo me daba igual, la inercia me mataba. Y los soldaditos de plomo me visitaban cada día en mi casa.

Ya era insoportable, creía que me estaba volviendo loca. Primero una beca en España, me negaron el permiso, luego otra en Bolivia, también un no por respuesta y así sucesivamente. Lo increíble es que yo quería salir a “refrescar”, pero era imposible, o me quedaba o ya sabía qué otro camino me quedaba. Y elegí salir. Tenía sobre la mesa la opción de Estados Unidos o España. Por esas cosas de la “madre patria” elegí Madrid. Tenía que salvarme de alguna manera, el padre de mi hija había muerto y no quería que ella creciera en medio de toda esa atmósfera de asfixia y desencanto. Porque Cuba es un país con grandes problemas de ilusión.

Cuéntanos sobre tus experiencias de exiliada

Recuerdo que antiguamente los atenienses imponían a algunos de sus ciudadanos el destierro, ya que la consideraban una pena grave, un castigo duro, una verdadera condena… Y creo que sigue siendo así. Sé de gente que hace más 40 años que no pisa el pueblo donde nació, que lloró en la distancia la muerte de sus seres queridos, en fin… Vivo con el síndrome del sobreviviente, un campo fértil para el escepticismo, la desilusión y en ocasiones hasta la desesperación. Ya no soy de ninguna parte y a su vez de todos los lugares por donde he pasado. Cada exilio se inscribe en cada familia y en cada individuo. En esencia, adquieres la profesión de extranjera. Sales de una crisis y entras en otras. Hay una mezcla de liberación, culpa, pérdida y te encuentras con personas que sienten pena, desconfianza, envidia y algunos te sienten como un intruso.

Los grados de aceptación y esperanza son muy variados. Es muy duro asumir la imposibilidad del retorno. Ansiedades, depresiones, el duelo por lo perdido, un profundo sentimiento de desarraigo. Luego, con mucha fuerza y voluntad llega lo que llamo el renacimiento para desarrollar un potencial creativo que tiene un profundo significado enriquecedor, a pesar de que el desamparo está presente. A veces se esconde y vives aparentes situaciones de felicidad. Es difícil, mucho más cuando has involucrado a tus familiares: mi hija en Madrid, mi madre en La Habana y yo en Miami.

Mario Benedetti escribió en 1982: “a veces se tiene un valor a prueba de balas y, sin embargo, no se posee un ánimo a prueba de desencantos…” Es difícil enfrentar una realidad distinta a la soñada y empezar a construir una vida cotidiana… Y qué difícil reproducir en las nuevas condiciones lo que constituía el eje de tu vida.

Hay una constelación de factores que llegan a lo más profundo del exiliado y que permanecen con el paso del tiempo. La transición de La Habana a Madrid intenté vivirla, en sus inicios, como una ocasión de crecimiento, aunque con el paso de los años también me he percatado que aumenta la vulnerabilidad, a pesar de que te repites una y otra vez “tengo que ser fuerte, tengo que aguantar”.

Muchas personas creen que por la herencia cultural española ya de por sí se asegura el bienestar. Para mí no ha sido así. La vivencia de la pérdida es profunda en la misma medida en que acumulas años de exilio. Sientes cada vez más que la ruptura de los vínculos tiene un carácter definitivo. En un principio disfrutas la posibilidad de ir a lugares nuevos y de iniciar nuevas relaciones de amistad. Luego, necesitas lo familiar, lo conocido, el hogar, el pedacito donde naciste.

Llegas a un punto en que eliges la soledad, desarrollas una gran capacidad de estar contigo misma que a muchas personas asombra, en realidad no has logrado esa integración personal plena con el entorno. Cuesta desarrollar un sentimiento de pertenencia que en mi caso ha sido difícil, probablemente porque deseo mantener el sentimiento de mi propia identidad. Sé que ya no pertenezco a la Cuba que dejé ni al lugar donde llego, ya sea España, Estados Unidos, cualquiera…

Algunas personas llenan su vida de todas las posibilidades de consumo que ofrece el país de acogida, quieren disfrutar de todo lo que les ha sido negado y vetado durante casi toda su vida. Es una elección, que no critico porque un gran aprendizaje en mi exilio ha sido la tolerancia, poder compartir con quien no piensa igual que yo sin tener que gritarnos ni insultarnos. No quiero decir que sea la tónica habitual en algunas circunstancias, no quiere decir que no discutiera con cubanos y extranjeros puntos de vista sobre Cuba y su proceso, pero todo ha servido para reafirmar que si salí de Cuba, entre otras muchas razones, fue precisamente para que cada uno pueda pensar como quiere, decir lo que quiere y hacer lo que quiere, siempre y cuando no perjudique a otros ni dañe a la sociedad. Si pretendemos que todos piensen como yo, o como tú, entonces, ¿para qué me fui de Cuba? , ¿por qué soportar el dolor del exilio?

En estos quince años alejada de la isla he visto cómo vínculos de pareja y familiares se consolidan o al contrario, son el disparador de numerosos conflictos. La vida futura está representada por la ilusión de poder regresar. Ilusión que se idealiza cuanto mayor es la imposibilidad de realizarla. Deseo aclarar que respeto a numerosos exiliados, aunque nuestras ideas no coincidan, sobre todo porque no han asumido el papel oportunista de otros que se agarran a este profundo dolor para enarbolar una demagogia idéntica a la que ha caracterizado al régimen cubano, pero claro con diferencias en cuanto a las apariencias y a la manipulación de la nostalgia.

Lo peor de este exilio es sentir cómo el país se aleja, se retira, se nos va como una marea extraña e indescifrable… Ya son casi cincuenta años… Ya tengo cincuenta años...

¿Qué es lo más valioso, desde el punto de vista profesional, que has aprendido en este tiempo?

A España, en especial al periodista y académico de la Real Academia de la Lengua, Luis María Anson, le agradezco la posibilidad de ejercer mi profesión sólo quince días después de mi arribo a Madrid. Un aprendizaje difícil, pero necesario, una evolución profesional que potenció mi experiencia en el ejercicio de un periodismo político-económico en distintos ámbitos. También ha sido importantísima mi labor como reportera a territorios muy disímiles culturalmente como los países árabes hasta transitar caminos intrincados de Europa y de nuestra adolorida Latinoamérica.

Es muy fuerte saber que hoy estás con una persona y quizás, una hora más tarde, no la vas a ver más. Esto te va cargando emocionalmente y hay que tener mucha fortaleza. Un periodista, después de un conflicto, nunca vuelve a ser la misma persona. Creo que hay que ser sensible. Trato de ser muy racional cuando escribo pero, si no tuviera sensibilidad, no podría conectar con la gente. He podido llorar con un desconocido el horror, por ello rechazo por principio la violencia y la guerra como solución a cualquier situación. Este periodismo que algunos dicen que ejercen los que estamos locos, los que no tenemos familias, ha potenciado mi capacidad de desenvolvimiento, la habilidad en la toma de decisiones en condiciones extremas y la facilidad de interactuar en entornos multiculturales y multidisciplinarios. Es un periodismo que atrapa. A pesar de haberme convertido en una adicta a la adrenalina durante una etapa de mi exilio, reconozco que hoy en el periodismo prima el espectáculo por encima de la información.

Desgraciadamente algunos que dicen ser reporteros escriben sus crónicas desde el hotel. No buscan las historias personales, las consecuencias de la guerra, contar lo que nadie más pueda ver. Casi todo pasa hoy por el filtro militar y las fuentes oficiales. Te confieso que rechazo las ruedas de prensa, todas son iguales, y muy aburridas. Sé que es difícil enfrentarse al miedo, pero si no estás dispuesto a ser un reportero, cambia, busca otro sector tal vez más fácil y glamoroso. Para el destacado periodista Ryszard Kapuscinski era completamente incompatible ser un cínico y a la vez dedicarse al periodismo. Para este hombre era imprescindible vivirlo todo sobre la guerra antes de escribir nada sobre ella. Hoy hay más capacidad, más medios para captar y transmitir la información, y a la vez se ofrece una información de menor calidad en los medios de comunicación. ¡Qué contradicción! Pero las multinacionales controlan los periódicos y los medios en general.

He llegado al punto de preguntarme ¿qué puede aporta hoy un reportero? Mi respuesta: El compromiso con la verdad. Si reducimos el trabajo del periodista a una misión utilitaria, hoy quizás se podría prescindir de él, ya que la información se puede obtener por otros medios. No hay que olvidar que a veces, los hechos se conocen antes por las agencias y no por el trabajo real del reportero. Pienso que la función que hoy puede tener un reportero sería la original, o sea, ser “un referente literario”. No en vano, las crónicas que han sobrevivido no han sido las más precisas, sino las mejor escritas, las más literarias, aquellas que “rompen el río de hielo que llevamos dentro”, como dijera Kafka.

¿Por qué dejaste España y por qué elegiste Estados Unidos para residir?

Necesito sentir a Cuba muy cerca. Recuperar el sabor de la guayaba, el olor del mar, los defectos y las virtudes de nosotros mismos, el reencuentro con lo más parecido a lo que dejé, al lugar donde no me permiten entrar… No quiere decir que el camino que transito sea fácil, también tiene desencantos, pero ahora en Miami me siento muchísimo menos extranjera que en España, donde llegué a negar mi origen por la mala fama que nos persigue por unos cuantos excesos de cubanía. No te niego que un segundo exilio ha sido doloroso y que también aquí uno vive sus desencantos, compartir nacionalidades, recuerdos y experiencias de trabajo no garantiza nada, pero es reconfortante el reencuentro.

Mi cuerpo y mi psiquis buscan una estabilidad después de años de búsqueda. El “tal vez para siempre” tiene connotaciones trágicas si piensas que te quedarás como un paria de por vida. Cada vez que recibo la noticia de alguien que falleció allá, aquí o por allí se expresa la angustia ante lo que sentimos como algo inexorable, irremediable, como la muerte.

Y ahora con todas estas ideas en la cabeza sigo en Miami, donde pienso, intento trabajar en lo que puedo y otros me dejan, donde quiero recuperar sensaciones. Por suerte, aún se mantiene viva esa pasión por el periodismo y por el riesgo que nunca me abandonaron y que quizás, algún día, me harán decir a mis amigos: Yo sólo soy una reportera, aprendiz de escritora, que quiere regresar a Cuba, que quiere aportar su experiencia, su pluma y su palabra al futuro inmediato de nuestro país. Y no desde las 90 millas que ahora mismo me separan de ti Reinaldo, de mi madre, quiero que la realidad de la Cuba de hoy pase por mis retinas. No me acostumbro al dolor, por suerte sigo siendo a veces despistada, otras hiperactiva, también noble, apasionada, a veces extremista y en otras reservada, y sobre todo, cubana, una cubana que sabe que la libertad de prensa depende del que paga y que aprendió a ejercer la libertad de expresión en un estado de derecho.

No pretendo dar consejos ni avizorar acontecimientos. Hoy, en medio del proceso que se vive en Cuba, se necesitan periodistas incómodos, honestos, humanos y necesarios profesionales con los que hay que contar para el proceso de reformas. Somos los mensajeros, los garantes de los perdedores, de la gente que sufre los desgarros de la irracionalidad.

Y el tiempo que uno tiene siempre es muy limitado. El día a día es el tiempo en forma constante y hay que seguir contando la historia.

¿No sientes miedo de regresar a Cuba?

Algunos dicen que no tener miedo es patológico. Siento que si tuviera miedo me quedaría paralizada. La emoción del miedo me parece absolutamente negativa. Esto no significa que sea temeraria o imprudente. Honestamente, no tengo miedo; si lo tuviera, no estaría en Miami. El riesgo es una condición sine qua non que va de la mano con esta profesión. Una sabe que puede ser herida o secuestrada y que puede morir. Como no le tengo miedo a la muerte, eso me libera de paralizarme. Lo que se debe tener es sentido común. No hay que dejarse llevar por el miedo y la paranoia. Hay que ser ingenioso y creativo para ver cómo se puede llegar a la noticia. Obviamente, si me dicen que es imposible llegar, sería ridículo que lo hiciera, pero por lo menos lo voy a intentar, claro que sí. Espero que muy pronto nos podamos abrazar y trabajar… sin miedo.



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Reinaldo Escobar Casas
Camagüey, 1947
Periodista y miembro del Consejo de redacción de la Revista Digital Consenso

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