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sábado, 30 de enero de 2010

“Cuando el hogar es la calle”. Conmovedora historia de superación

- Jairo, un caleño que tocó fondo en carne propia por cuenta de las drogas.Crónica para examen final de la asignatura.

Por Julio César Velásquez Vélez
jcvelasquez@unicauca.edu.co



“La primera vez que apuñalié a alguien fue a mi hermano, tenía 17 años. Nos agarramos porque me había quitado droga, 20 papeletas de bazuco”. Recuerda Javier que cuando revisó su caleta y no había nada, supo que había sido su hermano quien lo había robado pues era el único que conocía el escondite de la droga. “Me dio rabia y me le fui encima, en ese momento se estaba fumando mi droga, la caleta estaba en una cancha, donde actualmente es la 14 de Cali barrio Calima, eso antes era un peladero, le dije que por qué era tan garulla, me dijo que mas garulla era yo. Uno siempre mantenía una pataecabra, se conseguían en el centro, le pegué una puñalada y él me pegó tres”. Sentimientos encontrados refleja el rostro de este hombre al describir cómo era su vida cuando consumía estupefacientes.
A los 12 años empezó fumando cigarrillo, con el ejemplo de sus padres que también lo hacían. Luego decidió experimentar algo más fuerte, marihuana. “Cuando la probé por primera vez pues es una es una sensación tremenda, algo que uno no quiere volver a experimentar”, pero pronto sintió una ansiedad por volver a fumar. Así poco a poco fue probando sustancias más fuertes como cocaína, bazuco y bóxer.
Su familia era numerosa, tenía 11 hermanos. Sus padres trabajaban mucho dejando de lado la familia. A muchos se les olvida que el afecto y la orientación son determinantes en la crianza de un hijo. Entonces, es el desconocimiento una causa de que centenares de jóvenes caigan en la droga tras lo que no hallaron en sus hogares. “Busqué el respeto en la calle y lo obtuve de mis compañeros de gallada, me obedecían, yo les decía cosas y me hacían caso. Los mandaba a robar, a sacar cosas de la casa con el objetivo de consumir”.
Con el tiempo, la adicción llevó a Javier a hacer algo que no quería… “le saqué dinero del bolsillo a mi mamá, ella llegaba del comercio y dejaba su delantal en una silla del comedor, saqué un fajo y eso me lo tiré con mis amigos tomando cerveza, gaseosa y mecateando”. El miedo lo detuvo y prefirió no volver a la casa, entonces tuvo que dormir en la calle durante dos noches. La segunda noche mientras el frío atravesaba los periódicos que le servían de abrigo, aparecieron sus padres para llevarlo a casa. Como creía que le iban a pegar, a penas los vio amenazó con envenenarse, pero la tristeza que le producía ver lo bajo que había caído le hizo cambiar de actitud y regresó con ellos. Pero las cosas no mejoraron, “me dieron de comer me dejaron dormir tranquilo y al otro día me castigaron, me pegaron con el cable de la plancha”.
La memoria no le falla al recordar que estuvo once veces en la cárcel, la mayoría por robo y drogas. “La primera vez me llevaron a la cárcel de menores, al patio de menores, me dieron 18 meses, yo tenía unos 16 años. Éramos los caciques en los patios, había un guardián que nos entraba una libra de marihuana cada 8 días”. Habla en plural porque junto con él estaban encerrados dos de sus hermanos y la cárcel se había convertido en su casa.
Con el tiempo, cumplidos los 20 años, llegó a tener tendencias homosexuales. En ese entonces cuenta que era “normal” que hombres adultos buscaran muchachos, les pagaban por hacerles sexo oral o “manosearse”. “Lo hice 2 o 3 veces, luego cambié la modalidad, hacia que me iba con ellos y luego los atracaba. Siempre estaba drogado, me iba para ese lugar de las 6 de tarde en adelante, atendía una persona por noche, tomaba toda la noche y ya cuando los veía borrachos me los llevaba. Sentía odio, muchas veces por verme involucrado en esas cosas los chuzaba, o lo cogíamos entre tres a golpes, no sé si alguien se moriría, varias veces lo hicimos porque queríamos ver morir, me sentía bien viendo sufrir a alguien”.
Pero las cosas no acabaron allí. Los problemas económicos y la necesidad de delinquir lo llevaron a seguir robando. Algunos atracos fueron menores, a personas indefensas. Otros no tanto “la robada mas tremenda fue porque hubo sangre yo vi sangre y entonces me metí una asustada… era un tipo que parecía fácil de robar pero el man se aletió sacó cuchillo y nos dimos, yo sólo tenía rasguños pero el tipo quedó bien herido… me tocó perderme”.
El día que cumplió 26 años asaltó un supermercado y fue descubierto. En el juicio lo iban a condenar a 11 años e insólitamente así tuvo su primer contacto con Dios. “Me iban a visitar unas viejitas de la iglesia cruzada Cristiana de Cali cada 8 días y me hablaban de Cristo pero yo no les parabas bolas”. Un día despertó desesperado con la noticia de que iba a ser condenado, llorándole al Señor en la celda le prometió que si lograba salir y no lo condenaban se entregaría a él. “Lloré fuertemente esa noche a él y como a los 4 o 5 meses me confirmaron la libertad”
De vuelta a la calle las cosas no mejoraron, y por robar bazuco casi muere a manos de 20 hombres. Sin embargo corrió con suerte… “Me tiré al río Cali, yo tenía una ranchito al lado de la orilla y me cayó toda esa gente, me tiraban machete y garrote pero me tiré al río y me les perdí. Sentí dolor, me di cuenta que había tocado fondo, no aguantaba más”.
Cumplidos 30 años le pidió al Señor que si a los 33 no lo había cambiado se lo llevara. Y fue entonces cuando conoció a una mujer que describe como maravillosa, Teresa, una cristiana que lo guió por el camino de bien. “yo no sentía nada por ella, si me gustaba su forma de ser persona, noble, humilde, entregada a Dios. Por una casualidad terminamos siendo vecinos y allí hubo química, me acuerdo que una noche no sentamos en el antejardín y le cogí la mano y ella me dijo: Jairo entréguese a Dios de corazón y le va a ir bien”. Así comenzó a ir a la iglesia y finalmente se casaron.
Aunque reconoce que en un momento volvió a caer en las drogas y traicionó a su esposa, 25 años después y con un hijo de 22, comenta con alegría que superados todos los tropiezos siente a Jesús en su corazón y eso lo ha impulsado a ser mejor persona, a pedir perdón y tomar conciencia de todo el bien y el mal que ha hecho para no repetir en el futuro los errores del pasado.
En un país como Colombia, con altos índices de pobreza y delincuencia, es fácil comprender por qué alguien cae en el mundo de las drogas. La mala formación en los hogares, la falta de corrección o una buena disciplina, son aspectos que algunos padres ignoran y malinterpretan creyendo que después de haberle dado la vida, importan la comida, la ropa y la educación. Es una de las tantas razones por las cuales muchos jóvenes se buscan problemas creyendo encontrar soluciones.

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