- Unas de las tantas historias de las madres de estos tiempos
Por ISMENIA ARDILA DIAZ
isardiaz@hotmail.com
Son las cuatro de la mañana, los gallos cantan en el corral anunciando el dia que nace. María se levanta muy presta, apenas se lava la cara mientras pasa a la letrina fuera del rancho y corre a prender el fogón. Es hora de empezar la jornada en el campo, levantar los nietos a su cargo e ir al surco con el único hijo que la acompaña. El viejo se lo arrebató la violencia, como su hija mayor, que avezada quiso mejor vida y a escondidas se metió de ‘mula’. La cogieron allá en un bus viajando a Cali con la droga en medio de la ropa y el equipaje y ahora pasa los días en la cárcel “La Magdalena”, mientras sus dos hijos quedaron a cargo suyo en calidad de madre y abuela. El padre ya la había abandonado, dicen que también se fue de ‘raspachín’ al Putumayo y no han vuelto a saber nada de él.
Mientras despierta a los perezosos nietos para que ayuden a alimentar a las gallinas, a los cuyes y conejos, desayunen y se vayan a la escuela que queda a media hora de camino, recuerda a Valentina, su hija menor. Tiene la ilusión que este fin de semana llegue de Popayán, donde trabaja como empleada doméstica de una casa de familia. Marcela, su niña la pregunta mucho y no ha querido hacer las tareas que le dejaron. “Es que la falta del padre la hace más rebelde”, dice. A veces tiene que endurecer su posición porque con tres nietos al frente, un rancho y una parcela a la que hay que sacarle el sustento diario, no es fácil. En el último día de mercado se negaron a ir a la escuela, dicen que prefieren ir a vender para rebuscarse otra forma de vida, que ya saben sumar y restar y ahora hay que salir a trabajar. Pero ella sueña con que estudien y se vayan con mucho sacrificio a la capital y de pronto hasta logren llegar a la Universidad del Cauca. Allá hay una prima que estaría dispuesta a ayudarlos para que busquen mejor futuro que en el campo, “no vaya y sea que alguno de estos grupos armados me los quiera acuartelar”.
María, madre y abuela
Mientras les prepara la aguadepanela y la arepa, regaña a sus nietos porque no dejaron listos los cuadernos ni la ropa, “es que anoche no querían acostarse, se quedaron mirando las telenovelas y tuve que levantarme a apagarles el televisor para que se fueran a dormir”. Su único hijo le dice que sale a ordeñar la vaca y se toma de un sorbo el café caliente que le dejó sobre la mesa. Antes llama al orden a sus sobrinos, diciéndoles que desayunen y se vayan pronto a la escuela, que respeten y atiendan a la abuela.
A María se le nublan los ojos, Valentina a esta hora debe estar levantando los hijos de su patrona para que vayan también al colegio. Dice que es una persona muy buena que trabaja muy duro, es una ejecutiva que a veces llega a altas horas de la noche de la oficina. Le ha dejado a su cargo a los niños y le permite viajar una vez al mes para que venga al pueblo y se encuentren en el mercado. Allí les entrega el dinero ahorrado, comparten un helado y almuerzan juntos. Después tiene que tomar el bus de regreso a Popayán y ellos el camino a la vereda en medio de la pataleta de Marcela por no separarse de su mamá. La última vez que Valentina los visitó se encontró de frente con el padre de su hija y se puso mal. No era para menos, fue su primer novio de adolescente y luego que supo que estaba embarazada con apenas 14 años, negó su paternidad y “no le respondió”.
Ernesto, hijo y padre
María piensa entonces en lo duro que ha sido todo desde que murió el padre de sus tres hijos. Se lo arrebató la violencia que llegó con la ‘fiebre’ de la coca. Desde entonces, su hijo Ernesto ha sacrificado su propia vida y la acompaña, aunque a veces protesta por los errores de sus hermanas, dos jóvenes madres que no pueden estar con sus hijos. Ha asumido el rol de padre y patrón de casa. Toda la semana trabaja y el domingo remata la jornada en alguna tienda del pueblo en medio de los pocos amigos y el licor. Siempre consciente de su papel, con el caer de la tarde se levanta de la mesa y emprende el regreso al rancho para seguir acompañando a María, madre y abuela, siempre tierna, paciente y amorosa. “La cucha es una dura", dice, “ha superado todo”, aunque a veces la ve triste y como perdida. “Debe estar cansada”, piensa, “esto es muy duro, ojalá que no se me enferme y que Valentina pueda seguir estudiando los sábados para ver si nos cambie el horizonte”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario