Periodista de profesión y convicción.

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Ismenia Ardila Díaz. Comunicadora Social-Periodista.

miércoles, 13 de enero de 2010

Un pueblo de puertas abiertas

- Crónica de una visita a La Sierra, un pueblo que también se hunde en los recuerdos

… en medio del peligro continúa el ser cotidiano, de aquel señor, por ejemplo, que se niega a abandonar sus raíces y que ahora recorre esta calle larga desde donde yo escribo, construyendo conmigo sin acaso saberlo a través de esas pisadas, ahora del pasado, un presente y un futuro para los suyos.


Por Paola Martínez Acosta

Sobre una calle larga se levanta la población caucana de La Sierra. Día a día su gente la transita con la calma suficiente o el afán necesario para hilar la vida. Una vida que ha visto en este espacio lo que fue el pueblo y lo que hoy, debido a una falla tectónica, ha dejado la naturaleza. En el suelo hundido de la vía principal quedó, como una huella, el lugar transformado, guardando para sí los recuerdos de lo que antes estuvo y ahora, aunque no físicamente, permanece intacto en la memoria de cada habitante.
La crisis material trajo consigo nuevas circunstancias, como la de tener que abandonar los hogares para ubicarse en lugares más seguros donde posiblemente las casas puedan permanecer en pie. Sin embargo, en medio del peligro continúa el ser cotidiano, de aquel señor, por ejemplo, que se niega a abandonar sus raíces y que ahora recorre esta calle larga desde donde yo escribo, construyendo conmigo sin acaso saberlo a través de esas pisadas, ahora del pasado, un presente y un futuro para los suyos.
Lo escucho también en la gente que conversa en el viejo parque, haciendo uso de las bancas reubicadas en el pasto que reverdece, donde, supongo, se han tejido y seguirán tejiéndose nuevos relatos de lo mismo. O de esa señora vieja que sigue asistiendo puntual a misa, advierto que la creencia religiosa sigue intacta, pues la falla natural, aunque ha semidestruido la fachada de la iglesia, no pudo igualmente acabar con su fe.
Ese ser habitual se halla, además, en el propietario del negocio que atiende cada día a las personas que buscan en su farmacia, no sólo un poco de alivio para los malestares, sino también el diálogo ameno, pues este hombre los recibe siempre con una sonrisa y divulga, para aquellos que no tienen necesidad de visitarlo, las noticias del pueblo a través de su megáfono. Y unos cuántos pasos más arriba sobre la misma calle, encuentro a la señora Miriam, quien ha decidido quedarse para hospedar a los que vienen de fuera, pues para ella existen más razones que muestran a nativos y foráneos porqué esta tierra, aun con sus achaques, invita a quedarse.
Y entonces, ante la mirada serrana que pervive, otro testimonio de vida se yergue: la antigua casa de puertas abiertas, aparentemente sola y vacía, que aún conserva la esencia de quien ha permanecido en ella, y que en este momento me invita a preguntarme por el sentido del territorio y la memoria.
Creo que esta casa la habita el tiempo, como a todas, tal vez. Por ello, ¿será la morada de un ser desconocido, que se muestra ante el otro como prueba de los momentos que ya no están pero que siguen presentes en todo detalle que la conforma? Siento que cada objeto es una palabra y su conjunto es el relato de la memoria que se deja leer y da a conocer la naturaleza de ese alguien que la ha habitado con gestos, olores, colores y sonidos, que aunque ahora en mi mudez no los escuche, siguen latiendo muy adentro de la soledad. ¿Se trata acaso de los instantes vividos y de los afectos inmarchitables que sentimos por los lugares; de aquello que se transmite y quiere seguir viviendo a pesar de ya no estar?
Para el visitante como yo es difícil no percibir el magnetismo de este hogar abierto, esa fuerza que atrae e invita a seguir y ver que en apariencia nada hay detrás de los objetos dispuestos con algo de descuido en la sala. No obstante, a través de los siete cuadros colgados en dos de las cuatro paredes de esta casa, me doy cuenta de lo que vive eternamente, pues esas figuras femeninas que en las pinturas bailan y revoletean, hablan por ese ser que yo no puedo ahora observar; esas mujeres dibujadas o fotografiadas han estado para contar sobre sí mismas y han permanecido también para escuchar, para ver y sentir a todos aquellos que visitan esta morada y que como yo, se sientan en las bancas viejas, organizadas alrededor de una mesa grande y central, donde descubro aún la presencia de las personas que en ellas se sentaron. Pero lo que siento en verdad es el murmullo que da cuenta de las tantas narraciones que quieren seguir siendo escuchadas por la imaginación y el recuerdo, aunque la unívoca voz al cabo del tiempo sea la del silencio.
Pero en el callar de las cosas todo se oye, incluso el polvo inerte me puede contar sobre la vida, sobre el pasar de los días. ¿Y qué decir de la repisa de antaño, aparentemente inservible para los usos de hoy?, ella es la ventana de esta posada, donde puedo husmear qué hay de quien vive o vivió. Aunque por esa repisa ventana, también me observan, también me hablan con la voz del pasado que todavía dice estar presente. Se instaló para quedarse en las fotografías antiguas, a blanco y negro, que están como recuerdos de aquéllos que le dieron a esta casa su calor, su alma y que perduran para seguir recorriendo y tocando con sus manos invisibles cada objeto y espacio de este hogar que alberga y da abrigo.
Sostiene Gastón Bachelard que la casa es una entidad femenina. Y ante la vieja morada de puertas abiertas hoy lo constato: es la hija, es la madre, es la abuela, es la que ha pasado y permanece en todos los rincones, cuidando de cada uno de los objetos que guarda en su interior, pues ése, su adentro, es su ser. Toda la vieja construcción me proporciona parte de lo que antes fue y de lo que ahora es: la memoria presente del pasado desconocido de una mujer y de un pueblo que no deja de ser, que se empeña en continuar y tener siempre sus puertas abiertas. Un pueblo y una casa que envejecen y se hunden, pero siguen de pie, siguen siendo, y tal cual, me reciben.

Un pueblo que se lo está comiendo la tierra

Por Ismenia Ardila Díaz

En el departamento de Cauca, en el suroccidente del país, existe un pueblo que desde diez años empezó a hundirse, producto del crudo invierno y por cuenta del sistema de fallas de Romeral, que atraviesa el continente americano. Y aunque el ritmo de vida de la población no es igual –se le considera un puerto terrestre- pareciera que sus habitantes se negaran a reconocer la tragedia que entraña el movimiento tectónico de la tierra.

El hundimiento de La Sierra empezó en el invierno de abril de 1999. Así, progresivamente fue desapareciendo un tramo lineal de aproximadamente 140 metros al margen izquierdo de la vía de acceso y que atraviesa la población de La Sierra, ocasionando la desaparición de la alcaldía, el hospital nivel II, el parque principal, la iglesia, cerca de 30 casas y algunos locales comerciales, quedando averiadas más de 280 viviendas.
Como alternativa, se gestó el proyecto de “Pueblo Nuevo”, donde se reubicaron los primeros damnificados y se aspira a lograr el traslado de todos los habitantes. Sin embargo, las obras se han retrasado y muchos se niegan a esta opción por diversas razones. Además, la vía a este lugar también se empezó a hundir.
Aún con el miedo latente por el hundimiento de la vía, que a simple vista revela cerca de tres metros por debajo de las casas aledañas, muchos de los residentes se resisten a trasladarse o a buscar otra alternativa.
“Muchos no se han ido de La Sierra, se trasladaron a donde un familiar o se reubicaron en Pueblo Nuevo, el barrio que se creó para los damnificados de entonces”, afirma Carmenza Cerón, propietaria de una panadería en la calle principal.

Así era mi pueblo…

En la memoria de Adriano Quinayás, serrano de ‘pura cepa’ está aún fresco el dolor cuando con la lluvia del fuerte invierno registrado en 1999 fueron hundiéndose progresivamente la alcaldía, el hospital, el parque central, muchas viviendas y la amenaza de ‘desaparecer del mapa’ se apoderó de todos.
Con todo y el peligro que esto representa, los habitantes no lograr desprenderse de la cabecera municipal. Este es el caso de la iglesia, de la que sólo queda una parte de ella.
“Así era ante mi iglesia, en la década de los noventa”, afirma, mientras muestra el cuadro enmarcado del templo que conserva en su casa y mira el triste espectáculo de hoy (ver fotografías).
El dolor está latente no sólo por todo lo que con ello se quedó en la memoria, sino también porque el riesgo continúa latente, el problema no para y desde noviembre del año pasado, cuando regresó el fuerte invierno - que aún no cede y mantiene casi incomunicado al Macizo Colombiano- y el tamaño del hueco siguió creciendo.
Prácticamente de la antigua carretera de acceso no queda nada y las casas que se encuentran al lado están casi todas desocupadas y en el aire. Para ingresar a las que no se han desocupado, sus habitantes utilizan escaleras.
Casi a diario los pobladores y la misma administración municipal echan decenas de volquetadas de grava y tierra para cubrir el hueco, pero a las pocas horas sencillamente desparecen porque el terreno vuelve y cede. Es como un saco roto que se come todo lo que se le eche.

Todos perdemos…
Además de los pobladores, el sector comercial y transportador es el más afectado, ya que ha disminuido mucho la población que se movilizaba por esta vía casi obligada de acceso al Macizo Colombiano.
“Con el problema es que no es sólo La Sierra la incomunicada, también los municipios de La Vega, Almaguer o San Sebastián, entonces muchos deciden viajar por otras rutas. Los únicos que se atreven todos los días son los tradicionales buses tipo escalera o ‘chivas’, que transportan personas y alimentos desde Popayán hasta corregimientos y veredas vecinas”, anota William Alfredo Cerón, también transportador.
Esto se refleja en especulación, carestía y desánimo para invertir. Nadie sabe a ciencia cierta el futuro del pueblo… entre invierno y invierno el pueblo se va poco a poco por un hueco de dimensiones cada vez más grandes, pero aún así, muchos no pierden la esperanza de que el fenómeno pare y vuelva la tranquilidad a sus casas, la misa en el templo y “Pueblo Nuevo”, sólo sea un barrio más para el recuerdo.

El Municipio de La Sierra
Fundado por Cristóbal Muñoz en 1894.
Extensión. 217 Km2
Población: 14.000 Hab. Aprox.
Altura: 1.760 m.s.n.m.
Temperatura promedio: 18º
Clima: húmedo
Producción. Agricultura y Ganadería.


La Sierra Cauca, es un Municipio ubicado a 58 Km de la capital del Departamento del Cauca (Popayán), se le considera la puerta de entrada al Macizo Colombiano.
Está a dos horas desde Popayán. Inicialmente se hace un recorrido de 38 kilómetros hasta la cabecera municipal de Rosas por la carretera Panamericana (vía Popayán- Pasto) y luego por 20 kilómetros de vía en afirmado hasta la cabecera municipal de La Sierra. A unos 6 kilómetros de la población se empiezan a advertir los problemas ocasionados por la falla de Romeral, debido a hundimientos y derrumbes en la banca y en la vía misma. Luego, al llegar al pueblo, se aprecia el triste espectáculo de una calle hundida y a su lado, una fila de ‘casas en el aire’, a tres metros de altura, debajo de las cuales se advierten tuberías de acueducto y alcantarillado y el vacío.

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