Por Ismenia Ardila Díaz
isardiaz@gmail.com
Recién pasaban las fiestas de Pubenza y el cumpleaños de Popayán, el mundo entero estaba expectante del desarrollo de la “Operación Tormenta del Desierto”, liderada por Estados Unidos y sus aliados con el apoyo del Consejo de Seguridad de la ONU para tumbar el régimen de Sadam Husein. Muchos auguraban el inicio de la ‘Tercera Guerra Mundial’. El 16 de enero de 1991 en mi primer día de trabajo en El Liberal, a las 7 p.m, justo cuando celebraba la entrega de la página de agencias –Internacional- bombardearon a Bagdad, tuve que empezar de nuevo y esperar la media noche para asegurar un cierre fresco con la noticia del día. Lidiaba entonces con el turno de un computador –de los primeros que llegaron en la modernización liderada por los Galvis de Bucaramanga- y el Word Perfec. Y mientras me adaptaba a un escenario de información caldeado por operaciones aire-tierra-aire a través del Telex y el Telefoto de la AP, advertía el contraste de una ciudad en calma, donde a diario “no pasaba mayor cosa”, por no decir que “nada”. Los reporteros locales sufrían para completar las noticias de la página y estar a cargo de una de ellas era sinónimo de tenacidad. Las páginas Popayán y Judicial eran un verdadero dolor de cabeza para el periodista titular. Nunca había suficientes temas y a las 6 p.m. cualquier dato era rastreado con verdadera desesperación para cerrar mientras se pedía a gritos una foto a Dairo y se lidiaba con la presión de Armada. En Judicial casi todos los días había que completar con notas de Colprensa y de paso prepararse para el regaño del Dr. Alejandro en la visita mensual al diario. Pero qué hacíamos, no podíamos inventarnos las peleas, los heridos o los muertos y el voceador no dejaba de reclamar la cuota de sangre. Entre tanto, nuestra directora, Aura Isabel, advertía sobre muchas formas de violencia social aún por escarbar. Luego avanzaría el proceso de paz con el M-19 en territorio caucano y las historias de reconciliación se tomarían por derecho propio las páginas.
Han pasado 20 años, Popayán celebra 474 de fundada, luciendo como una de las capitales más antiguas y tradicionales del país. Una de las primeras en la historia nacional y penúltima en la modernidad. Entonces, los huecos de las calles ya eran queja diaria y recién se estrenaba la elección popular de mandatarios con gran expectativa. Sin duda eran otras las circunstancias y abuso de la referencia para advertir los drásticos cambios que ha sufrido. He reporteado de diversas maneras sus cambios, desde la floreciente reconstrucción hasta el terremoto social y político que sobrevino al sismo de 1983 llegando al tiempo en que se pueden editar diarios completos con noticias judiciales. He aprendido a valorar y a respetar su tradición, historia y cultura, a entender la parsimonia de muchos hechos de su devenir diario, a entender la idiosincrasia de sus gentes, sufrido la intriga y envidia de algunos en contraste con el afecto y el calor humano de muchos tantos. He compartido con propios y extraños, llegados de tantos lugares que en mayor o menor proporción padecemos la enfermedad que más daño le hace: la incultura ciudadana. En un cumpleaños más de la señorial ciudad que me acogió y que defiendo con afecto, a la que sirvo con amor y entrega, les pregunto, ¿qué tanto la conocemos? qué tanto la queremos y hacemos por ella? Todos podemos hacer mucho más por Popayán y este sería un buen regalo.

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