Por Istmenia Ardila Díaz
isardiaz@gmail.com
Hay muchas formas de voluntariados en la sociedad, cada uno con su valor e importancia y ojalá que existieran muchos más para darle forma a eso que llamamos SOLIDARIDAD. Puede sonar cursi, pero no menos importante. Gracias a ella los pueblos han alcanzado los más altos grados de civilización y desarrollo e incluso sobrevivir ante los desastres, las tragedias, las emergencias y toda clase de crisis en algún momento de su existencia. Ejemplos hay por doquier y aquí mismo, muchos. Cuando esta se mueve por una noble causa despierta además los más bellos sentimientos. Contrario a ello, la insolidaridad es propia de mentes estrechas, egoístas e indiferentes y conduce a la insensibilidad. Por eso a través de estos voluntariados renovamos a diario el valor de este principio de vida.
Una de las organizaciones más tradicionales del país la ha encarnado por años: la Acción Comunal, interlocutora por excelencia entre la sociedad civil y el Estado, gestora de numerosas obras en todo el territorio nacional, especialmente carreteras, escuelas y puestos de salud en las zonas rurales a donde llevar una obra social nunca ha sido fácil. Pero como en todo, también tenemos lunares por doquier, porque la mística del ejercicio también se pierde y las prebendas de los políticos han hecho mella en la labor de control y gestión social que impulsan su causa. De allí la importancia de no ‘perderlas de vista’ para que el espíritu de su creación no desaparezca y la ingratitud que suele acompañar las causas que empuña tampoco contribuya a que se desfallezca en la defensa de los intereses generales a cambio de los de unos pocos.
Entre otros voluntariados están los orientados a poblaciones vulnerables, como los ancianos, cada vez más escasos frente a una población cada vez más abandonada e ignorada por la sociedad misma, a la que el Estado les tira migajas creyendo que esto salva su cuota de responsabilidad.
Y qué decir de cuerpos civiles como los bomberos voluntarios. Allí si que todos debemos mirar. Para el caso de Popayán, hace varios meses que una ley tumbó el aporte que hacíamos los usuarios de la Empresa de Telecomunicaciones, pero siguen firmes, trabajando, aunque cunda la angustia y el ‘incendio’ financiero los devore por dentro. A diario los vemos actuar en cuanto accidente de tránsito ocurre- cada dia más crecientes-. Son los primeros en llegar, incluso para bajar un gatito del techo. Se han frustrado otros intentos en el Concejo Municipal como crear una sobretasa y ahora el alcalde anuncia que presentará una proyecto para financiarlos. Bienvenida la medida. No esperemos a que el incendio sea el nuestro. El ‘nomeimportismo’ nos puede salir caro en una ciudad con históricos y nuevos riesgos, nos puede pasar una cruda cuenta de cobro luego de meses de desfinanciamiento de un órgano civil como los bomberos. Eso sí, han rodado toda clase de chismes por ahí sobre el supuesto manejo de los recursos. Basta de murmuraciones, si hay quejas, formúlenlas, fundaméntenlas, pero no le neguemos el oxígeno a una institución que está al servicio de todos, que cualquier día podemos necesitar y siempre ha estado presta a servirnos. Apaguemos ese incendio, antes de que nos queme a todos.
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