Periodista de profesión y convicción.

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Ismenia Ardila Díaz. Comunicadora Social-Periodista.

martes, 1 de febrero de 2011

Con el amargo de la inseguridad

Por Istmenia ArdilaDíaz
isardiaz@gmail.com

Entre la pobreza, el desempleo y la descomposición social nuestras ciudades se están volviendo escenarios de toda clase de violencias, especialmente en las diversas expresiones de la inseguridad urbana de la que ya no se salva nadie. Popayán no es la excepción. Aquí es común escuchar a diario por doquier el rosario de quejas y testimonios por cuenta de asaltos y atracos, especialmente. Las mujeres somos el blanco preferido de los delincuentes, especialmente cuando nos desplazamos solas, al punto que andar en la calle con un bolso en el hombro o a la mano, es ponerse en la mira de estos personajes que están dispuestos a golpear y maltratar sín límites para lograr su objetivo de arrancar cualquier pertenencia. Historias que en el morbo de la gente circulan por doquier y cuyas denuncias solo sirven, si al caso, para alimentar la estadística oficial.
En los últimos tres meses he visto el rostro de la inseguridad rondándome y ofrezco mi testimonio, no para victimizarme, por supuesto. Primero ingresé a la larga lista de víctimas de los famosos raponeros motorizados que rondan lugares ya tradicionales y reconocidos -pero que inexplicablemente las autoridades no lograr capturar -. Entonces, puedo darme por bien servida porque el fuerte golpe que recibí me llevó al médico, sesiones de fisioterapia y medicamentos pero nada de gravedad y los documentos personales aparecieron con el paso de los días en el lugar menos esperado. A las pocas semanas, cuando disfrutaba de unas merecidas vacaciones con mi familia a kilómetros de Popayán, en la víspera del año nuevo, me sorprende la noticia del hurto a mi residencia. Entonces, también tuve que agradecer al todopoderoso porque no me desocuparon la casa y los buenos vecinos me salvaron de males peores. Ahora, a un mes del hecho, la malicia de mi familia y la oportuna acción de la Sijin, impidió que desconocidos ingresaran a mi casa con una historia ya bastante desgastada de esas que están echándole a la gente por teléfono, argumentando que “… la señora de la casa está en serios problemas, en una audiencia, que le van a embargar la casa, que necesita ayuda y no puede pasar al teléfono ahora, que llegan en media hora…”.
Con el lastre de estas desafortunadas experiencias no puedo menos que sumar mi voz a la de muchos, muchos ciudadanos que venimos advirtiendo que el tema se nos está saliendo de las manos, que exige una mayor sofisticación de las autoridades, especialmente en las estrategias de comunicación que involucren activamente a la comunidad, para advertir y promover reacciones preventivas y oportunas. Las lecciones están a la orden del día, estamos frente a un monstruo de muchas cabezas. Nuestra ciudad como la gran mayoría, se reconfiguró y es escenario de toda clase de grupos delincuenciales, unos más sofisticados que otros, que se toman el tiempo para identificar, seguir, caracterizar y actuar contra ciudadanos de todo orden – aquí no se salva ningún estrato-. Mientras esto ocurre, lo mínimo que tenemos que hacer es abordar el tema en la casa, el trabajo, el barrio, etc.; reconocerlo, discutirlo y actuar en consecuencia, retroalimentando e incluso, presionando, la acción de las autoridades. No esperemos que nos sorprendan.

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